EL PROFETA AARÓN

EL PROFETA AARÓN
Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas
Los años oscuros de Egipto quedaron atrás, en la otra orilla del Mar Rojo. Empezaba una nueva etapa en la vida del Profeta Moisés, de su hermano Aarón y de los israelíes.
Moisés iba al frente, a su lado su fiel hermano Aarón[1] y detrás miles de israelíes, cruzando el desierto Sinaí. El objetivo era conquistar las tierras sagradas. O sea, los territorios englobados hoy en día dentro de los limites de países como Palestina, Siria y Jordania. En estas tierras los profetas nacieron, crecieron y le transmitieron a la gente el mensaje divino. Noé vivió en aquella zona también. Es la patria de Hud, Salih, Suayb, José y de muchos más profetas. Jacob, el padre de los israelíes, está enterrado en Palestina. Moisés llevaba a los israelíes por ello a las tierras sagradas.

Las arenas pegadas a los talones de los israelíes al pasar el Mar Rojo todavía estaban mojadas. En el camino se encontraron con una tribu que adoraba a los ídolos. Su gente enseguida llegó a Moisés y le dijo:

— ¡Oh Moisés, haznos un dios parecido al de esa gente!

Moisés se puso furioso. ¿Tantos milagros no han podido quitarles este sentimiento de idolatría y materialidad? ¿No se dividió ayer mismo el mar en dos delante de sus ojos? El altísimo Profeta les dijo:

— Vosotros sois tan ignorantes… Los actos de esa gente son infundados, y los lleva a la destrucción. ¿Queréis a otra deidad además de Dios? ¿Os habéis olvidado de que Él os ha hecho superiores a los demás? ¿No fue Él quien os salvó de la crueldad del Faraón?

Las palabras de Moisés impactaron terriblemente en los israelíes. El pueblo de Egipto era idólatra y los israelíes todavía no tenían una fe muy asentada. El desierto Sinaí se alargaba ante sus ojos, parecía no tener fin. No había ninguna señal de vida; ni agua, ni árboles ni nada verde en el desierto. Los israelíes, que morían de sed, corrieron junto a Moisés, su salvador y Profeta. Dios le ordenó a Moisés dar un golpe en una roca grande con su vara. Mucha gente iba con Moisés para presenciar un gran milagro. Moisés levantó su vara, dio un golpe en la gigantesca roca y de repente surgieron doce manantiales. El agua era de un tono plateado, clara y dulce. Los israelíes se componían de doce tribus o ramas de descendientes. A cada rama se le asignó un manantial. Dios continuaba dándoles bendiciones a los israelíes. Poco después el cielo se llenó de miles de codornices. Los israelíes empezaron a cazarlas y las comieron. La carne de estos animales enviados desde las Alturas era deliciosa.

Un día fueron a ver a Moisés y le dijeron:

— ¡Oh Moisés! Ya estamos hartos de comer estas comidas. Pídele a Dios que nos mande alimentos como cebollas, ajos, lentejas y aluvias.

Moisés estaba sorprendido. Dios les mandaba alimentos del Cielo pero ellos querían cebollas y ajos. Durante todo el tiempo que vivieron en Egipto habían vivido en plena miseria comiendo estos alimentos. Pero esa gente se había degenerado y la esclavitud se había apropiado de ellos. Moisés se enfadó y les dijo:

— ¡Oh, pueblo mío!, ¿Queréis dejar esas ricas comidas por alimentos tan simples? Entonces, volved a Egipto donde podréis encontrar lo que buscáis.

Habían pasado meses y meses. Se habían acercado a las tierras sagradas. La ciudad de Jerusalén ya aparecía en el horizonte. Sin embargo, entonces la ciudad la dominaba un pueblo idólatra. Para conquistarla había que luchar. Moisés dirigió un discurso a su pueblo:

— ¡Oh, mi gente! Recordad las bendiciones de Dios que os salvó de la esclavitud y la crueldad y os hizo superiores a los demás. Os mandó profetas de vuestro propio pueblo. Ahora ahí tenéis la ciudad sagrada. Entrad en ella…

La alocución de Moisés fue impresionante, tanto que las montañas que lo escuchaban temblaron. Pero los israelíes no decían ni una palabra. No querían luchar ni morir. A ellos no les importaba en qué condiciones vivían, lo importante era vivir. A pesar de su población numerosa no se habían opuesto al Faraón. Su principio fundamental fue vivir, aunque fuera en la miseria. Le dijeron a Moisés:

— ¡Oh Moisés!, ahí hay gente muy fuerte, no podemos entrar en la ciudad sin que ellos salgan. No podemos luchar contra ellos.

Aarón y algunos creyentes que había junto a él dijeron:

— Vosotros sois más numerosos que ellos. Para conquistar la ciudad es suficiente que entréis por las puertas. La victoria será vuestra, sólo es necesario que tengáis confianza en Dios.

Ellos le dijeron a Moisés con insolencia:

— ¡Oh Moisés! Nosotros no vamos a ir. Si tanto quieres luchar, hazlo tú con tu Dios, no vamos a movernos de aquí.

Moisés se puso muy triste. Se sentía apenado ante Dios. Estaba enfadado con su gente. Levantó las manos y empezó a rezar:

— ¡Oh Señor Mío! Sólo estamos mi hermano Aarón y yo. Apártanos de este pueblo impío

Por eso, Dios les prohibió a los israelíes entrar en Jerusalén durante cuarenta años. Tenían que vivir exiliados cuarenta años en el Desierto del Sinaí. El castigo divino fue establecido así. Las bendiciones de Dios no les habían llevado al camino recto, ¿servirían sus castigos para que aprendieran?

Habían llegado al Monte de Tur. Dios le ordenó a Moisés subir a la montaña. Le iba a revelar el Antiguo Testamento. Moisés se acercó a Aarón y le dijo:

— Sustitúyeme, sé un buen reformador y no sigas a los conspiradores.

Después, Moisés se dirigió hacia la montaña, se acordó de la noche en la que había recibido la revelación por primera vez. Estaba en el mismo lugar. Moisés se quedó cuarenta días en el Monte de Tur. Ahí se le reveló el Antiguo Testamento y diez mandamientos en los que Dios les ordenaba venerarle solamente a Él, santificar las fiestas, no jurar en vano, respetar a los padres, no matar, no robar, no levantar falsos testimonios, no pretender la mujer del otro ni desear los bienes ajenos.

Moisés fue al Monte de Tur con unos sentimientos muy bellos, era imposible explicarlos. Durante los cuarenta días ayunó, rezó y habló con Dios. Todo fue maravilloso. Sin embargo lo que oyó después de bajar de la montaña no le complació nada. Dios le avisó de que su gente había empezado a adorar a un ídolo hecho por ellos mismos.

Los israelíes eran aficionados al oro. En su huída Egipto, se habían llevado el oro de los ricos de ahí. Sin embargo, Aarón dijo que ese oro no les pertenecía a ellos y por eso lo enterró en un lugar oculto. Entre los israelíes había un hombre hipócrita llamado Samiri. Este hombre era un escultor muy hábil que podía darle cualquier forma al oro. Samiri quería sustituir a Moisés. Éste había visto a Aarón enterrar el oro y, aprovechando la ausencia del Profeta Moisés, hizo un cervato parecido a un ídolo de los egipcios. En el centro de la figura había un hueco. Por eso, cuando soplaba el viento, salía un sonido parecido a un mugido.

Samiri después de colocar el vellocino en una colina, llamó a los israelíes y les mostró la escultura de oro. Los israelíes preguntaron:

— ¿Qué es esto Samiri?

Él dijo:

— Éste es vuestro dios y el de Moisés también.

— Sí pero Moisés había ido al monte para hablar con su Señor ¿no?

— No, ya se le ha olvidado, en realidad su dios está aquí.

De repente sopló viento y en cuanto el viento pasó por el hueco del vellocino de oro una voz salió de ahí. Al oír esto los israelíes se postraron. Fue exactamente eso lo que querían hacer ellos ya que antes le habían exigido a Moisés que les hiciera un ídolo para adorarle. Aarón estaba ahí y cuando vio que la gente empezaba a adorar a la escultura les dijo:

— ¡Parad! Esta es la discordia, Samiri os está engañando. Vuestro Señor es Dios, ¡obedecedme!

Pero no lo escucharon y la mayoría empezó a postrarse ante el ídolo. Además de eso muchos de ellos intentaron matar a Aarón. Entonces Aarón decidió esperar la vuelta de Moisés para que la disensión no creciera más. Al cabo de cuarenta días…

Apareció Moisés con el Antiguo Testamento en sus manos. El Gran Profeta estaba furioso. Había un silencio sepulcral. El Profeta Moisés rompió el silencio diciendo:

— Es muy grave lo que habéis hecho a mis espaldas.

Nadie dijo nada. Todo el mundo estaba temblando ante la grandeza y la majestuosidad del Profeta. Moisés se dirigió hacia Aarón, lo cogió de sus ropas y le gritó:

— ¿Por qué no lo impediste cuando viste que se salían del camino recto? ¿Por qué no obedeciste mis órdenes?

Aarón le contestó:

— ¡Hermano mío! No me maltrates. La culpa no es mía; hice todo lo que podía para impedirlo. Pero ellos me vieron débil e intentaron matarme. ¡Hermano mío! Por favor no me deshonres ante nuestros enemigos.

Esta vez el Profeta Moisés se dirigió hacía su gente y les regañó diciendo:

— ¡Oh gente mía! ¿Por qué no habéis cumplido la palabra que me disteis? ¿Cuál es vuestra intención? ¿Recibir el castigo divino? Los que adoran el ídolo serán castigados y vivirán en la miseria durante toda su vida.

Todo el mundo reconoció su culpa. Rebelarse después de recibir tantas bendiciones de Dios y adorar a un ídolo era algo horrible. El Profeta Moisés se dirigió a Samiri y le dijo:

— Lárgate de aquí. A partir de ahora tu castigo será decirles a todas las personas que veas: “No me toques”. Mira al ídolo que hiciste para adorar; lo voy a quemar y tiraré su ceniza al mar.

Poco después el cuerpo de Samiri se cubrió con heridas. La gente empezó a huir de él. Ya no podía salir a la calle. Sufría mucho por las heridas; cuando alguien le tocaba las heridas le dolían mucho y por eso le decía a la gente que no le tocaran.

El Profeta Moisés tiró el ídolo al fuego delante de los ojos de todo el mundo; después tomó las cenizas y las tiró al mar. Luego les gritó las palabras que todos los profetas habían dicho antes:

— Vuestro deidad es Dios. No hay más dios que Él y Su conocimiento abarca todo.

Moisés les ordenó a los israelíes arrepentirse sinceramente y jurar no repetir lo que habían hecho. Moisés ya estaba calmado. Entonces empezó a leerles fragmentos del Antiguo Testamento. Pero aún así los israelíes no se enmendaban. Le dijeron que los mandamientos les parecían muy difíciles de practicar. Entonces el Profeta les encomendó a Dios. Después vino el Arcángel Gabriel, arrancó el Monte de Tur de su sitio y lo colocó encima de los israelíes. La espléndida montaña iba a caer encima de ellos y los iba a matar. Los israelíes estaban horrorizados y no sabían qué hacer. Cuando el fondo de la montaña les tocó la cabeza se inclinaron al suelo. Por un lado estaban observando la montaña y por otro se arrepentían. Entonces Moisés le pidió a Dios que los perdonara y Dios aceptó su petición.

El Profeta Moisés reunió a los israelíes y les dijo que formaran una comisión de setenta personas selectas. Los iba a llevar al Monte de Tur y ahí éstos le iban a presentar a Dios su arrepentimiento. Al final llegaron al Monte, Moisés entró en una nube que estaba en la cima y desde ahí empezó a hablar con Dios. Setenta personas habían presenciado un milagro. Sin embargo, le dijeron a Moisés:

— No te vamos a creer hasta ver a Dios con nuestros propios ojos.

¡Dios Mío! ¿Esa gente no era la más selecta y pura de aquellos israelíes? ¿Cómo podrían decir algo así? Poco después la montaña empezó a temblar y hubo un terremoto horrible. Los setenta hombres murieron allí mismo. Al ver esto Moisés se postró y dijo:

— ¡Señor mío! Tú eres capaz de destruirnos a todos nosotros. ¡Oh Dios! No nos destruyas por culpa de unos ignorantes. Perdónanos, ten compasión de nosotros. Tu mar de misericordia es ilimitada.

Dios una vez más aceptó la petición de Moisés y resucitó a los setenta hombres. Y ellos después de volver a su pueblo les contaron a su gente todo lo que habían visto y oído.

Un día el Profeta Moisés le dijo a Dios:

— ¡Señor Mío! En el Antiguo Testamento veo una comunidad que vendrá en el futuro. Ellos van a ordenar lo bueno y evitarán lo malo. ¡Señor mío! Quiero que ellos sean mi gente.

Dios le contestó:

— Ellos son la gente de Muhammad.

Dios señalaba a Muhammad en el Antiguo Testamento pero después los sacerdotes judíos borraron estos versículos o los cambiaron.

Nuestro Profeta Muhammad un día estaba sentado con parte de su gente. Cuando mencionaron al Profeta Moisés dijo:

— ¡Que la paz sea con él! Su gente le afligió mucho pero él tuvo paciencia con ellos.

Aarón falleció antes que Moisés. Él era el símbolo de la fidelidad.

Moisés no pudo ver la conquista de Jerusalén. Sin embargo, durante los cuarenta años que vivió en el desierto, educó a una nueva generación. Cuando llegó a las puertas de Jerusalén con un ejército muy potente, había envejecido mucho. Pero estaba seguro de que conquistarían la ciudad. Pasó muchas penas en su vida y había vivido con la esperanza de entrar en las tierras sagradas. Pero ya había llegado la hora de despedirse de este mundo. Dios deseaba demostrarle su victoria en el otro mundo. Cuando Moisés se dio cuenta de que vivía los últimos momentos de su vida, levantó las manos hacia el cielo y le pidió a Dios que le dejara morir cerca de las tierras sagradas.

Deseaba ver cómo luchaban los jóvenes a quienes él mismo había educado. Se sentía muy bien al entregar su alma a Dios; porque su trabajo lo había hecho de la manera más adecuada.

[1] En el Corán es nombrado como “Harun”.

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