EL PROFETA ADÁN

EL PROFETA ADÁN

Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas

Cada historia empieza en un lugar y en un momento determinado y habitualmente el héroe es un ser humano. Se empieza generalmente con “Érase una vez…”, “Antiguamente…” o “Hace miles de años…” pero lo que contaré a continuación es diferente, porque nuestra historia se inicia antes de la creación del ser humano. Al principio de esta historia no existían ni el tiempo ni el espacio.

Anterior al tiempo… Anterior al espacio…

Solamente existía Dios, que alabado sea, y no había nada más que Su Presencia. La paz y la magnificencia, la belleza y la grandeza infinitas sólo Le pertenecen a Dios. No existía ni la Tierra, ni la Luna y el Sol, ni las estrellas, sino solamente Su Luz Divina. La razón no tenía ningún poder ni ninguna capacidad para comprender dicha Luz. Es algo tan imposible como si un niño que está cavando un hoyo en la playa intentáse meter toda el agua del mar allí.

Como he dicho antes, anterior al tiempo… anterior al lugar…

Dios quiso crear la existencia, la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas… Adornar el mundo con mares azules y peces en sus aguas, con los vientos que corren, con flores de muchos colores y mariposas que juegan con ellas, con las aves que surcan los cielos…

Cuando Dios quiere algo Su orden es tan sólo “¡Sé!” y entonces se hace realidad.

Dios quiso que el Universo, el Mundo y todas sus criaturas fueran creados en seis días. De este modo se creó el Universo, aunque estos seis días son diferentes de los días humanos porque un día de la Tierra se completa con una vuelta de ésta alrededor de sí misma, claro que en estos tiempos no existían ni el mundo ni el Sol… entonces, el concepto de día era también diferente. Llamamos a estos días “los Días Divinos”.

Estos días tienen peculiaridades propias. Quizás un día divino es igual a miles de años, miles de siglos terrenales. Nadie puede saberlo porque es una información oculta y está fuera de los límites de la inteligencia humana. Solamente se podría saber si Dios así lo quisiera.

Dios nos informa que ha creado los Cielos, la Tierra y todas las criaturas en seis días y es el Único Señor y Soberano del Universo. Además todas las criaturas reverencian Su poder magnífico. Se postran ante Su eterna excelencia y admiran Su belleza incomparable.

Todas las criaturas Le necesitan para sobrevivir pero Él no necesita a nadie ni a nada porque es el Dueño, el Señor de todo, Él es la riqueza infinita. Todas las criaturas en el Universo precisan Su generosidad. Dios creó a las criaturas de la luz en los Cielos, creó a los ángeles como soldados bajo sus órdenes. Ellos no saben ni comprenden el significado de la rebeldía, siempre obedecen Sus órdenes fielmente.

Más aún, Él creó a los genios procedentes del fuego, les hizo invisibles, les permitió habitar en el Cielo y en la Tierra. Algunos son malvados pero otros son buenos. Vivieron en el mundo también criaturas gigantes pero eran rebeldes y luchaban entre si sanguinariamente.

Más tarde, la Voluntad Divina quiso crear al ser humano. Les dijo a los ángeles:

— Crearé un ser que guíe la Tierra.

Los ángeles observaron el mundo y vieron que todas las criaturas eran malignas y rebeldes. Por el contrario ellos —los ángeles- siempre daban gracias a Dios y se postraban ante Su eterna Excelencia, adoraban Su belleza impecable y Le rezaban. Los ángeles Le preguntaron para mostrar su disposición a aprender:

— ¿Quieres crear a alguien que siembre el mal y derrame sangre, mientras nosotros Te alabamos, celebramos Tu grandeza y proclamamos Tu santidad?

Los ángeles eran criaturas puras. No pensaban sino en la bondad. Por eso, suponían que el objetivo de la creación era la adoración y dar gracias a Dios. No sabían nada más, pues este era el único objetivo de su existencia. Era obvio que no conocían los misterios de la creación de los diferentes seres. Dios respondió:

— Yo sé aquello que no sabéis. Sé por qué crearé a Adán[1]; hay tantas cosas que no conocéis.

Adán no sería como las criaturas sanguinarias del mundo ni tampoco sería como los ángeles. Era diferente, una nueva criatura. Fue creado para desvelar en la Tierra un gran secreto divino: la sabiduría de la ciencia.

Dios les dijo a los ángeles que crearía al ser humano del barro y le daría vida dotándole con una forma bella. Entonces los ángeles se postrarían ante él. No era adoración sino una muestra de respeto. El sumo creador tomó un puñado de tierra. En éste había varios colores: negro, blanco, amarillo, rojo, etc. Por eso los seres humanos tienen diferentes tonos de piel. Derramó agua sobre el puñado de tierra y elaboró barro, dotándole al final de forma humana y de alma.

Más tarde el cuerpo de Adán cobró vida y se movió. Empezó a respirar… Abrió los ojos… Miró a su alrededor… Y vio a los ángeles que se postraban, excepto uno, que permanecía de pie y no lo hacía. Adán no sabía de qué clase era esta criatura ni quién era. Aún no sabía cómo se llamaba.

Dios preguntó al que no obedeció la orden de postrarse:

— Iblis, ¿por qué no te has postrado ante aquel que he creado con Mis manos?

Iblis le respondió en voz baja:

— Yo soy superior a él; lo has creado del barro y a mí, del fuego.

— ¡Márchate de aquí! ¡Date por expulsado! ¡Te maldigo hasta el Día del Juicio Final!

Iblis fue expulsado de la misericordia de Dios pero siguió amenazando a Adán. Decía con insolencia que era superior a éste.

Adán se conmovía cuando veía lo que estaba pasando a su alrededor… El amor, el miedo y el horror… Amor hacia el único Creador que le había creado y le había ensalzado de entre todas las criaturas dando la orden de postrarse a los ángeles. Miedo ante el enfado divino, que excluyó a Iblis de la misericordia. Y por último, el horror hacia el tratamiento rencoroso de Iblis, lleno de un odio que anhelaba todo el mal para Adán.

Adán conoció a su enemigo en los primeros minutos de su vida. Cuando Dios dio la orden de postrarse, Iblis estaba entre los ángeles. Pero no era un ángel, sino un genio malvado.

Al desobedecer la orden de postrarse ante la existencia de Adán, fue excluido de la misericordia divina. Adán comprendió que Iblis era el símbolo de la maldad. Y que los ángeles son el símbolo de la bondad pero ¿y él? ¿Qué representaba él? No sabía nada de esto, ni tenía una opinión formada.

Por fin, Dios le reveló los secretos de su existencia y de su estructura, las razones de que sea superior a los demás. Adán escuchó a Dios y de este modo aprendió todos los nombres de la creación.

Enseñó a Adán la ciencia de nombrar las cosas, le enseñó los secretos para representar a las criaturas con símbolos: esto es un pájaro, una estrella, un árbol, una montaña, una manzana, etc. Adán aprendió los nombres de todas las criaturas. Aquí el nombre no es algo tan simple; significa la ciencia, la razón. El objetivo de la creación del ser humano, el misterio que hace a Adán superior al resto de las criaturas. Luego Dios se dirigió a los ángeles y dijo:

¡Decidme los nombres de las criaturas!

Los ángeles miraron a las cosas pero no pudieron pronunciar ni siquiera un solo nombre. Confesaron su ignorancia y pidiendo perdón dijeron:

“¡Oh, Sublime! ¡Gloria a Ti! No sabemos más que aquello que Tú nos has enseñado. Es obvio que eres el Omnisciente, el Sabio. Comprendimos una vez más que Tu sabiduría es eterna y hay miles de secretos escondidos en Tus actos”.

Entonces Dios le dijo a Adán:

¡Infórmales acerca de los nombres!

Adán nombró cada cosa y dio información sobre las criaturas a los ángeles que le escuchaban con suma atención y admiración. Sí, él lo sabía, poseía la misteriosa capacidad del saber. Era la cualidad que le hacía superior a los demás: la capacidad de aprender y enseñar.

Entonces los ángeles comprendieron la razón de la orden de postrarse ante él. Más aún, comprendieron la razón del nombramiento de Adán como califa de Dios en la Tierra: era la información, la ciencia. Construiría civilizaciones y daría forma a la vida terrenal gracias a la ciencia.

A veces, Adán compartía lo que sabía con los ángeles. Pero, la mayor parte de su tiempo, los ángeles veneraban a Dios. De vez en cuando Adán se sentía solo. Un día, al despertarse, vio a una mujer. Estaba de pie y mirando a Adán con resplandecientes ojos. Adán le dijo:

— No estabas aquí antes de que me durmiera, ¿verdad?

— Sí.

— Entonces, ¿viniste cuando estaba durmiendo?

— Si, es cierto.

— ¿De dónde viniste?

— De ti, tú me originaste. Cuando estabas durmiendo Dios me creó de una de tus costillas.

— Y ¿por qué te creó Dios?

— Para que no te sientas solo y seamos felices.

— ¡Gracias a Dios! De verdad que empezaba a sentirme solo.

Los ángeles preguntaron a Adán el nombre de la mujer:

— Eva, les dijo.

— ¿Por qué Eva?—preguntaron los ángeles.

— Porque es carne de mi carne, es parte de mí. Eva significa la que está viva, el ser.

Dios ordenó a Adán y Eva habitar en el Paraíso. Entraron juntos en el paraíso y vivieron allí felices, con comodidades, de manera relajada. Aunque también tuvieron la más amarga experiencia de su vida.

La vida en el Paraíso fue como un dulce sueño.

A veces, cuando soñamos, distinguimos algunas cosas buenas y queremos que se hagan realidad: cuando las realizamos somos felices como pájaros surcando los cielos. En el Paraíso los sueños se realizan aunque estos sean imposibles. Lo que se desea se hace realidad de repente, basta con desearlo de corazón. Se realizan los sueños, la comida y bebidas se encuentra en abundancia, la comodidad, la tranquilidad y la felicidad… Los colores de las criaturas del Paraíso son transparentes y luminosos. Hay olores agradables en todos los lugares, paisajes mágicos.

Adán estaba rodeado por innumerables bendiciones y Eva había sido creada para completar su felicidad. Ya no se sentía solo. Daban paseos, se divertían juntos, compartían sus ideas y su felicidad. Escuchaban los cantos de los ruiseñores sobre las ramas de los árboles del Paraíso, los rezos de los ríos que seguían su curso, la mágica música del Universo ajenos a lo que significaban las penas y el dolor. Se conmovían y veneraban a Dios.

Dios (alabado sea) les permitió disfrutar de todo lo que desearan, dónde y cuándo quisieran, a excepción de un árbol: “¡No os acerquéis a este árbol! ¡Si no, os causareis mucho mal, formareis parte de los injustos!“. Es posible que éste fuera el árbol del mal, de las penas.

Adán y Eva sabían que no tenían que acercarse a este árbol prohibido. Pero Adán era humano[2]. Como las intenciones de Iblis eran perversas y sabía que Adán era un ser humano y, por ende débil, le susurraba sin parar al oído con gran rencor:

“¿Sabes por qué está prohibido acercarse a este árbol? Porque es el árbol de la inmortalidad. Cuando comáis de sus frutos seréis inmortales. Seréis ángeles hasta la eternidad”.

El tiempo pasaba y cada día Iblis intentaba inculcar pensamientos malignos en la mente de Adán y Eva. Por fin, decidieron comer de los frutos del árbol prohibido. Se olvidaron de que Iblis era su mayor enemigo. Adán tomó una fruta de las ramas del árbol y se la dio a Eva. Eva la comió y luego Adán también.

Al comer la fruta del árbol prohibido empezó a dolerle el corazón a Adán. Sintió pena, tristeza y arrepentimiento. La mágica música que le emocionaba cesó y todo lo que había a su alrededor adquirió colores marchitos, como un día de luto. De repente se dio cuenta de que estaban desnudos. ¡Señor Mío! Se avergonzaron y recogieron hojas para taparse, para cubrir sus cuerpos.

Dios les ordeno abandonar el Paraíso, Adán y Eva descendieron al mundo y abandonaron la feliz condición  en la que se encontraban. Ya no estaban en el Paraíso. Adán gemía de arrepentimiento, Eva lloraba de tristeza. Retornaron a la misericordia de Dios gracias a las Palabras reveladas por Él.

Como Dios es el Misericordioso, les perdonó pero a partir de ese momento vivirían en el mundo hasta el Día del Juicio Final.

Así empezó la vida terrenal, trabajos sin cesar en la Tierra, dificultades y cansancios interminables… Adán comprendió que salir del Paraíso había significado dejar atrás la comodidad, la tranquilidad y los beneficios sin esfuerzos.

Aquí, en el mundo, debían construir sus hogares. Debían sembrar y segar, cultivar la tierra en suma, para poder alimentarse. Se veían en la necesidad de coser ropas para taparse así como armarse para proteger a su familia de los animales salvajes.

Especialmente, no tenían que olvidar su lucha contra Iblis, el cual era la verdadera causa de la expulsión del Paraíso. Mas Iblis intentaba tentar a sus hijos también.

La lucha entre la bondad y la maldad duraría sin cesar. No hay miedo ni pena para aquel que confíe en Dios. Si hay pena y castigo para quien rechace las palabras reveladas y obedezca a Iblis, en ese caso juntos arderán en el fuego del infierno. Esta regla no cambia nunca.

Adán lo comprendió gracias a las dificultades de la vida y sufría por ello. A pesar de todo, haber venido al mundo como un rey le consolaba en su tristeza. Él era el Señor de la Tierra. Sembraría y segaría, levantaría civilizaciones, pueblos, ciudades, tendría hijos e hijas y daría forma a las cosas para que lo bello fuera aún más bello todavía.

La vida es una prueba y el mundo era el lugar en el que se desarrolla dicho examen. Adán y Eva tuvieron muchos hijos y nietos. Les instruían la obediencia a Dios y les advertían de las trampas de Iblis, ya que aprobar el examen de este mundo significaba vencer a Iblis.

Ambos empezaron a tener descendencia y cada vez nacían hermanos gemelos: una hija y un hijo. Adán emparejaba un hijo de un parto con una hija del otro. Pero Caín, uno de los hijos de Adán, quiso casarse con la hermana nacida del mismo parto y, según la norma de Adán, la chica joven tenía que casarse con Abel (el otro hijo de Adán). Caín insistió en casarse con la chica. Entonces, Adán les sugirió hacer una ofrenda a Dios para que aceptara a uno de ellos y de este modo se casaría con la joven. Abel ofreció su más querido y rollizo carnero pero Caín ofreció uno flaco. Dios aceptó la ofrenda de Abel.

Iblis inculcó en Caín rencor y odio, engañándole. Le gritó a su hermano Abel:

— ¡Te mataré!

Abel tenía una personalidad tranquila. Le respondió a Caín:

— Si tú me pones una mano encima para matarme, no responderé a tu afrenta pues temo a Dios, el Señor del Universo.

Iblis estaba jugando con la mente de Caín. La Tierra vería la discordia por primera vez de manos de Caín.

Hacía mucho calor. Abel estaba durmiendo bajo la sombra de un árbol. Caín estaba escondido, salió, portando el hueso de un animal muerto. Se acercó a Abel y le golpeó en la cabeza con el hueso. La inocencia de la cara de Abel estaba manchada de sangre, Abel murió. Este fue el primer asesinato en la Tierra. Había caído en el juego del demonio. Era una trampa de Iblis para toda la humanidad. Y sin embargo, ¡cuántas veces Adán les había advertido de él!

Cuando vio el cadáver de su hermano, Caín se despertó de una pesadilla. Allí, Abel yacía sin moverse. Le sacudió el hombro pero no sirvió de nada. Gritó de arrepentimiento. Era inevitable, le dio pánico pensar en dónde ocultar el cadáver. Más tarde, oyó el ruido de un cuervo. Caín vio que un cuervo negro horadaba la tierra al lado de otro cuervo muerto. Quizás había matado a su hermano también. Después, el cuervo llevó el cadáver de su hermano al agujero y lo enterró. Caín se dijo a sí mismo:

“¡Ay de mí! ¡No soy capaz de ser ni siquiera como este cuervo!”

Luego, hizo un agujero en la tierra, enterró a su hermano y se escapó lejos de allí; el asesino huyó después de esconder el cadáver.

El Profeta Muhammad (que Dios le bendiga y le salve) estaba hablando con sus discípulos. Cuando recordó el primer asesinato en la tierra pronunció estas hermosas palabras: “A Caín se le responsabiliza con el mismo castigo por cada asesinato que se comete en la Tierra porque es el primer asesino en el mundo”.

 

Cuando Adán se enteró del asesinato, se apenó. Aunque había advertido acerca de Iblis a sus hijos, uno de ellos fue engañado y no pasó la prueba terrenal. Ese era el significado de la aventura en el mundo: luchar contra Iblis hasta la eternidad para poder regresar al Paraíso perdido.

El tiempo avanza inexorablemente…

Los días siguieron a las semanas, las semanas a los meses, los meses a los años… Pasó el tiempo y una noche soplaba un fuerte viento… Temblaron las hojas de un árbol viejo que Adán había plantado con sus propias manos. Las ramas del árbol se inclinaron hacia la superficie del lago que se encontraba delante. Los frutos rozaban el agua. El árbol se alzó cuando el viento cesó. El agua se filtró entre las ramas, cayendo por éstas un sinfín de gotas: el árbol estaba llorando, inclinado hacia el lago…

El árbol estaba muy triste. Le temblaban las hojas y las ramas. Las estrellas centelleaban en el cielo también. La Luna estaba mirando al mundo con un semblante resplandeciente como la plata. Sentía que estaban ocurriendo cosas importantes pero no sabía qué eran. Entonces ordenó a los rayos de luz:

“¡Id al mundo e informadme!”

Los rayos de luz se elevaron y alcanzaron el mundo. Iluminaron las montañas, los ríos, los mares y los valles y se sobrecogieron pues todas las criaturas lloraban cabizbajas. Los rayos de luz de la Luna entraron en la habitación de Adán para conocer el misterio del luto que envolvía toda la Tierra. La luz alumbró la cara de Adán. Estaba pálida pero feliz. La Luna comprendió que el momento de su última exhalación estaba próximo… Y rompió a llorar.

La habitación de Adán era muy sencilla. Una cama elaborada de ramas y rosas, y sobre ésta un hombre inocente con barba blanca: Adán. Sus hijos le rodeaban, esperaban las palabras que iban a salir de su boca, su testamento.

Adán habló y se dirigió a todos sus descendientes.

— Tan solo hay una embarcación a la que poder aferrarse, para lograr la salvación de toda la humanidad. Únicamente tenemos un arma para luchar contra Iblis—dijo.

Esta embarcación es la fe y el arma es la Revelación Divina mediante los Profetas. En la lucha del ser humano contra Iblis, Dios ayudaría a los humanos. Les enviaría guías y profetas que los llevaran de vuelta al Paraíso. Quizás tuvieran diferentes nombres, hicieran diferentes milagros, con diferentes cualidades pero convergirían todos en un mismo punto: la obediencia a Dios, que es el Único.

Adán, aquél que fue el primer hombre y el primer Profeta, enunció su testamento. Cerró los ojos que ya le pesaban mucho. De repente vio a los ángeles que le rodeaban y le saludaban. Su vista se fijo en uno de ellos: el ángel de la muerte. Tenía un corazón lleno de serenidad¼ sonrió y su alma se llenó con los aromáticos y agradables olores del Paraíso.


[1] En el Corán es nombrado como “Adem”.

[2] Humano: la palabra en lengua árabe para humano es “insan” y en dicha lengua “insan” procede de la etimología nisyan que significa “aquel que se olvida, el que tiene sentimientos complejos en corazón, aquel con un espíritu débil”.

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