EL PROFETA DAVID

EL PROFETA DAVID
Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas
Habían pasado años y años tras la muerte del Profeta Moisés y los israelitas se habían alejado de las órdenes transmitidas por él. La división se extendió entre ellos, se debilitaron, y entonces sus enemigos los atacaron y los vencieron. Tuvieron que marcharse de su patria pero lo que fue más desastroso fue perder el Arca de la Alianza en la que estaban las pertenencias de Moisés así como el Antiguo Testamento.

Un día fueron a ver al Profeta Samuel:

— ¿Tú no eres el Profeta de Dios?— le preguntaron.

Y él lo afirmo.

— ¿No nos obligaron a salir de nuestra patria?

— Sí…

— Entonces ¿por qué no pides a Dios que nos envié un rey que nos agrupe bajo el mismo estandarte? Nosotros queremos luchar por Dios y conquistar de nuevo nuestras tierras.

El Profeta que los conocía muy bien les preguntó:

— ¿Estáis seguros de que cuando se os pida que luchéis, lo vais a hacer sin titubeos?

— ¿Por qué no hemos de luchar por Dios? Nos echaron de nuestras tierras, nuestros hijos tuvieron que marcharse a diferentes partes del mundo. ¿Puede haber algo peor que eso?

Después de un rato el Profeta los llamó, diciendo:

— Dios os ha designado como rey a Talut (en la mayoria de las fuentes judeocristianas se nombra como Rey Saúl, el primer rey de los Israelitas).

Se asombraron:

— ¿Cómo puede corresponderle a él reinar sobre nosotros, si tenemos más derechos que él y ni siquiera le ha sido otorgada una gran riqueza?

Entonces el Profeta les dijo:

— La verdad es que Dios lo ha elegido a él de entre vosotros y le ha proveído de un gran conocimiento y de una constitución fuerte. Dios concede Su soberanía a quien desea.

— ¿Cómo podemos estar seguros de que es el Rey? ¡Queremos ver un milagro para creerte!

— La señal de su soberanía será que os traerá el Arca, llevada por los ángeles, en la que se encuentra la serenidad, la bonanza procedente de vuestro Señor y también una reliquia de la familia de Moisés y Aarón. Realmente, ahí tenéis un signo en caso de que seáis creyentes.

Al día siguiente la gente fue al templo para observar el milagro.

Y se realizó el milagro esperado ante sus ojos. Los ángeles bajaban el Arca sagrada del cielo. Al final, creyeron que era verdad lo que había dicho el Profeta. Otra vez tenían el Antiguo Testamento en sus manos.

Talút empezó a formar su propio ejército sin perder tiempo. Muy pronto el ejército estaba preparado. Iba a luchar contra un rey llamado Yalút— comúnmente conocido en la tradición judeocristiana como Goliat— . Éste era un hombre muy fuerte a quien nadie podía vencer, ni los guerreros más valientes se atrevían a luchar con él.

Talút se puso en marcha con su ejército. Cruzaron por vastos desiertos, enormes montañas, etc. Los soldados tenían mucha sed. El rey para ponerlos a prueba y diferenciar a los hipócritas de los fieles les dijo: “Poco después vamos a ver un río. Los que beban agua de este río que se marchen de aquí. Tan sólo quiero que se queden los que no beban o aquellos que solamente mojen sus labios”.

Era una prueba muy difícil. Cuando llegaron al río la mayoría de los guerreros bebió agua y fueron expulsados del ejército. Talút se dijo a sí mismo: “Ahora sé quiénes son los cobardes; los valientes son los que se han quedado conmigo”.

El número de los soldados se había reducido mucho, pero en un ejército lo importante no es el número de soldados o de sus armas sino la fe y el valor.

Ya había llegado el momento de enfrentarse para los ejércitos de Talút y Yalút. Talút tenía muy pocos combatientes, y en cuanto a Yalút poseía de un número superior de hombres y éstos eran muy fuertes. Algunos soldados de Talút tuvieron miedo al ver que el ejército enemigo era superior en numero que ellos. Y dijeron:

— ¿Cómo vamos a vencer a este gigantesco ejército?

Los soldados fieles les contestaron:

— Lo que da la fortaleza a un ejército es la fe y la valentía.

De repente apareció el corpulento Yalút con su armadura puesta. En una mano portaba una espada y en la otra una lanza. Expresó su intención de luchar con alguien del ejército de Talút.

Los soldados de Talút se asustaron al ver al imponente Yalút. Nadie se atrevía a luchar contra él. Los soldados se miraban para ver si salía de entre sus filas alguien, y justo en ese momento un joven llamado David[1] se adelantó. David se presentó ante Talút para pedirle permiso y luchar contra Yalút. El primer día el rey no aceptó su petición porque él no era soldado sino un pastor. No sabía nada sobre el arte de la guerra. Además no tenía una espada, su única arma era el bastón que usaba con sus rebaños. Pero David creía que la única fuente de poder en el mundo era Dios y si su corazón latía con fe entonces él era más fuerte que Yalút.

Al segundo día David se presentó de nuevo ante el rey y le dijo que quería luchar contra Yalút. Esta vez el rey le concedió el permiso y le dijo:

— Si consigues matar a Yalút te voy a nombrar el comandante de mi ejército y te casarás con mi hija.

David se adelantó con el cayado en su mano, unas piedras y una honda. En cuanto a Yalút, se asemejaba a un gigante de hierro. Cuando éste vio a David lo menospreció, se burló de él al ver su arma y su vestimenta. Justo entonces David puso una piedra bastante grande en su honda y la lanzó a la cara de su enemigo. La piedra golpeó la frente de Yalút y éste cayó ipso facto, muerto al suelo. David se acercó a su enemigo, cogió su espada y dio un grito de victoria. La guerra había acabado ya.

A partir de entonces David se convirtió en la persona más famosa del Reino. El rey cumplió su palabra, le hizo comandante de su ejército y lo casó con su hija. Sin embargo, nada de esto le era suficiente a David para estar contento porque nunca había deseado ser famoso ni gobernar a la gente. Él quería sólo a Dios, lo que deseaba era conmemorar a Dios.

Se pasaba el día rezando, le daba las gracias a Dios, le demostraba su admiración y agradecimiento. Dios le dio numerosas bendiciones a David y lo nombró Profeta. La mayor bendición otorgada a él fue un Salmo. Este libro era tan sagrado como el Antiguo Testamento. David leía día y noche este libro y recordaba a Dios.

Un día, cuando leía el libro con su voz fascinante, escuchó que todos los árboles y las montañas le acompañaban. Lo que oía no era el eco de su voz, porque el eco es la repetición del sonido. Pero en ese momento todo era diferente. Las montañas completaban los versículos que leía. Incluso cuando a veces él se quedaba callado, las montañas seguían recitando los versículos.

Pero no solamente las montañas participaban en la recitación sino que los pájaros también se unían a esa música divina. Cuando David empezaba a leer el Libro Sagrado, muchos pájaros y animales se reunían a su alrededor y todos juntos recordaban a Dios.

El milagro de David fue ese. Como él era el símbolo de la veracidad, las piedras y los pájaros que volaban en el cielo participaban en sus recitaciones. La hermosura de su voz y la sinceridad de sus oraciones despertaba un sentimiento irresistible en ellos, por eso salían de su silencio y servían de instrumento con su voz.

Claro que no fue ese el único milagro de David. Aparte de eso Dios le había dado el talento de entender la lengua de los pájaros y de otros animales. Un día, escuchó que dos pájaros hablaban entre sí. ¡Los entendía!, entendía lo que decían los pájaros. Gracias a la luz que Dios le infundió en el corazón podía entender la lengua de todos los animales.

David era muy compasivo con los animales, los quería y los trataba muy bien. Les daba comida cuando tenían hambre, y los curaba cuando estaban heridos. Todos los animales lo amaban muchísimo y cuando tenían algún problema iban a verlo para que les ayudara a resolverlo.

Dios le enseñó la sabiduría. Cuanto más le concedía milagros y bendiciones, tanto más aumentaba su amor por Dios. Para poder agradecerle todas las bendiciones que Dios le daba, un día comía y el otro ayunaba. Esto es conocido como “el ayuno de David”.

Dios estaba satisfecho con David y por eso le concedió un reino. En aquellos tiempos había muchas guerras. Las armaduras que se ponían los guerreros en las contiendas pesaban mucho y esto les hacía difícil el movimiento. Un día David pensaba acerca de esto. Tenía un trozo de hierro y de repente se dio cuenta de que el hierro se curvaba… Dios había ablandado el hierro.

Se levantó inmediatamente, dividió en muchos trozos el metal y los juntó. Cuando acabó el trabajo tenía una nueva armadura de hierro en sus manos, una cota de malla. ¡Era una maravilla! El guerrero que la usara iba a moverse con mucha facilidad y también iba a ser protegido de los golpes de espada, hacha o puñal. Dios le hizo fabricar la mejor armadura de su época. David se postró ante Dios para agradecérselo.

A partir de aquel día empezó a hacer nuevas armaduras y las repartió entre los guerreros. Los ejércitos enemigos, cuando se enfrentaban con el ejército de David, se daban cuenta de que sus espadas no servían para nada ante las armaduras de los soldados de David; aunque las suyas pesaban mucho y eran muy gruesas no podían evitar los golpes.

David ganaba todas las guerras. Nunca había sido vencido por nadie. Pero él sabía que el verdadero dueño de las victorias era Dios y por tal motivo, para darle las gracias a Dios, rezaba mucho más que antes.

Si Dios quiere a un profeta o un siervo suyo, le hace ser querido por las demás personas también. Muy pronto, después de las montañas, los pájaros y los otros animales, la gente también empezó a quererlo mucho. Así David se convirtió en la persona más amada por todo el mundo. Por eso, el rey le tenía envidia y quiso hacerle daño preparando un gran ejército para luchar contra él.

Cuando David se dio cuenta de que el rey estaba celoso no quiso luchar contra él. Una noche, mientras dormía el rey en su cama, David entró en su habitación, cogió la espada del rey, justo al lado de la cama y cortó un trocito de su vestido. Después lo despertó y le dijo: “¡Estimado rey!, pretendiste matarme, en cambio yo no tengo intención de hacerte el más mínimo daño. Si quisiera matarte, podría hacerlo mientras dormías. Corté un trozo de tu vestido y si hubiese querido en lugar de eso podría haber cortado tu cabeza. Yo no quiero hacer el daño a nadie porque el mensaje que yo transmito a la humanidad no es el odio sino el amor”.

El rey reconoció su error y le pidió perdón. Después de perdonarlo David salió de su cuarto. Pasaron muchos días y el rey murió en una guerra en la cual David no había participado. Lo cierto es que el rey no había dejado de tenerle envidia y por eso rechazó la ayuda de David.

Después de aquel día David empezó a gobernar el país. La gente lo quería mucho por todo lo que había hecho por ellos, por eso lo hicieron rey. Él era profeta y al mismo tiempo el rey del país. David sabía que todo esto era la bendición de Dios y estas bendiciones hacían agradecérselo aún más a Dios.

Dios siempre permaneció al lado de David y le ayudó en todas las guerras haciéndole obtener nada más que victorias. Además, Dios le dio la facultad de la sabiduría y el arte de la retórica. Al mismo tiempo que los honores de ser profeta y rey le concedió el conocimiento de distinguir lo bueno y lo malo.

Cuando David tuvo un hijo le dio el nombre de Salomón. Salomón era un niño muy inteligente. Cuando sucedió lo que os voy a contar ahora, Salomón tenía sólo once años.

David estaba sentado en su trono como siempre encontrando soluciones a los problemas de la gente. Dos hombres se le presentaron. Uno de ellos tenía un viñedo y se lo reclamaba a otro hombre. El dueño del campo dijo:

— ¡Señor! Las ovejas de este hombre entraron en mi viñedo por la noche y comieron todas las uvas. He venido para que me indemnice por el daño que me hizo.

David le preguntó al dueño de las ovejas:

— ¿Es verdad que tus ovejas se han comido todas las uvas de este hombre?

— Sí, señor.

Entonces David dijo:

— Por todo el daño que causaste al dueño del viñedo quiero que le des las ovejas en recompensa.

Mientras tanto Salomón participó en la conversación. Dios le había dado sabiduría a él también. Además había aprendido muchas cosas de su padre.

— Padre mío, tengo una idea que pienso que es mejor ¿me permitiría exponerla?

— Dinos lo que tú piensas, te escuchamos.

— Dejemos que el dueño de las ovejas coja el viñedo, y que lo siembre de nuevo y cuando las uvas estén maduras, se lo devuelva a su dueño verdadero. En cuanto a las ovejas, que las tome el dueño del viñedo y disfrute su lana y leche. Y en cuanto tenga el viñedo otra vez se las devuelve a su dueño.

David se puso muy contento ante ese veredicto y le dijo a su hijo:

— ¡Es una solución excelente! Gracias a Dios que te enseñó la sabiduría. Tú eres una persona realmente sabia.

Dios quería a David y todos los días le enseñaba cosas nuevas. Un día, le enseñó a no juzgar en un proceso sin escuchar a las dos partes. Aquél día David, después de acabar sus tareas, se retiró a su cuarto para hacer las plegarias y rezar en un lugar especial que había establecido. En aquellos momentos les ordenaba a los guardianes que nadie le molestara.

Pero aquel día cuando entró en su habitación había dos hombres en su cuarto. Al principio se sorprendió y tuvo algo de miedo. Aunque les había ordenado que no dejaran entrar a nadie estaban ahí y a lo mejor llevaban malas intenciones. Les preguntó inmediatamente:

— ¿Quiénes son ustedes?

— No se preocupe señor, tenemos un problema entre los dos y hemos venido para arreglarlo con usted.

— Bien, entonces decidme cuál es el problema.

El primer hombre empezó a hablar:

— Este es mi hermano. Él tiene noventa y nueve corderos, en cuanto a mí, yo sólo tengo un cordero. Mi hermano usurpó mi cordero y no me lo devuelve.

David juzgó antes de escuchar la defensa del otro hombre y les dijo:

— Es una tiranía que tu hermano ponga los ojos en tu cordero a pesar de que él tenga tantos. Tu hermano fue injusto contigo. Ya que los socios son injustos unos con los otros. Pero los creyentes nunca se comportan así.

Aún no había acabado sus palabras y de repente los hombres desaparecieron como una nube de polvo. David entendió que estos dos hombres eran ángeles. Dios los había enviado para enseñarle algo: en un caso no debía juzgar sin escuchar a las dos partes. A lo mejor el dueño de los noventa y nueve corderos tenía razón, ¿quién sabe? Después de eso David se postró inmediatamente y empezó a pedirle perdón a Dios. A partir de aquel día no juzgó a nadie antes de escucharlo.

David pasó el resto de su vida rezando a Dios. Nunca le faltó el nombre de Dios. Cuando entregó su alma a Dios, estaba muy contento por llegar al final de su vida junto a su Amado. Después le sucedió su hijo Salomón.

[1] En el Corán es nombrado como “Davut”.