EL PROFETA HUD

EL PROFETA HUD
Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas
Transcurrieron muchos años. Murieron los padres y les siguieron sus hijos. Así pasaron los siglos y las generaciones, la gente olvidó el legado de Noé y empezaron a adorar a las estatuas de nuevo. Abandonaron la obediencia a Dios con el mismo pretexto de sus antecesores, diciendo “¡No tenemos que olvidar a nuestros padres salvados del Diluvio por Dios!”

Hicieron estatuas de cada uno de sus padres. Pasó el tiempo y olvidaron por qué habían esculpido dichas estatuas. Más tarde la reverencia hacia las estatuas se convirtió en una adoración a falsos dioses. Y el mundo se sumergió de nuevo en las tinieblas. La gente se olvidó de los secretos de la Creación; todo el Universo se convirtió en una naturaleza muerta. Entonces, Dios envió a Hud como Mensajero a la tribu llamada Ad, que vivía en la ciudad de Ahqaf [1]. Habitaban una parte del desierto próxima al mar, en una zona en la que había innumerables dunas. Vivían en tiendas de campaña que se erigían sobre gruesos mástiles. En la tribu de Ad vivían las personas más fuertes de aquel tiempo. Tenían unos cuerpos tan musculosos que estaban orgullosos de ello y decían: “No hay nadie más fuerte que nosotros en el mundo”.

Pero, por el contrario, no eran personas inteligentes. Las tinieblas cubrían sus mentes. Adoraban a los ídolos, luchaban por ellos, insultaban a Hud y se burlaban de él. Hud les dijo:

— ¡Pueblo mío! ¡Venerad a Dios ya que no hay más deidad que Él!

Era la misma frase que todos los Profetas habían dicho. Cada Profeta decía la misma frase sin temor, sin apenas modificarla. Los dignatarios del pueblo preguntaron:

— ¿Por qué nos dices esas palabras? ¿Qué pretendes? ¿Ser gobernador? ¿Quieres la fama o la riqueza? ¿Para quién trabajas? ¿Quién te paga?

Él les dijo que no quería ningún pago ni salario y que su recompensa sólo sería la complacencia de Dios. Solamente quería que limpiaran sus mentes de las tinieblas de los ídolos y vieran la verdad. Les habló de las lluvias abundantes y de la fuerza que Dios añadiría a las suyas propias. Sí, tras el Diluvio, ellos eran los señores de la Tierra. Dios les había dado muchísimos beneficios como cuerpos fuertes, tierras fecundas y lluvias abundantes que daban vida a las yermas tierras.

Los aditas eran la nación más fuerte de todas. Pero esta situación fue una de las causas de perder la razón y no superar la Prueba Divina. Insolentemente le dijeron al Mensajero:

— ¿Cómo puedes insultar a los ídolos que nuestros padres adoraban?

— Vuestros antepasados se equivocaron.

— ¡Dinos entonces! Después de nuestra muerte y de que nuestros cuerpos se conviertan en polvo, ¿es verdad que se nos resucitará en una nueva creación?

— En el Día de la Resurrección todos los seres humanos volverán a la vida y serán juzgados y castigados por sus errores uno por uno.

— Pero, ¿no es extraño que Dios haya elegido a uno de nosotros, un ser humano, como su Mensajero?

— ¿Por qué no? Dios os ama y quiere advertiros de las maldades; por eso, eligió a uno de vosotros, a mí, y me envió. Creo que no os habéis olvidado del Diluvio, que fue un castigo para la tribu de Noé. Los que negaron la existencia de Dios fueron aniquilados y los que lo nieguen en el futuro serán aniquilados, aunque sean muy fuertes.

— ¿Lo dices en serio? ¿Quién puede vencernos a nosotros?

— ¡Dios!

— ¡Tenemos dioses que nos protegen!

— ¡Qué grandísima equivocación! ¿Hay un poder mayor que el de Dios?

Les contó que Dios es Todopoderoso y que para salvarse de la Ira Divina tenían que suplicarle a Él también. Pero no sirvió de nada.

La lucha de Hud contra su pueblo duró muchos años. Pero cada día los aditas eran más insolentes, se envanecían y desmentían a su profeta Hud. Finalmente acabaron por decir que era un loco: “Comprendemos que nuestros dioses te han trastornado por criticarlos por eso dices esas tonterías. ¡Te desafiamos a que ningún poder nos vencerá! Si es verdad lo que dices, que el castigo del que nos hablas caiga sobre nosotros. ¡Somos el pueblo más poderoso del mundo!”

Hud hizo lo que pudo para salvarles de la aniquilación. Se esforzó mucho en hacerles ver el recto camino, pero tenían cabezas y corazones más duros que las rocas y finalmente no creyeron en Dios. Hud suplicó a Dios y empezó tener presentimientos de lo que después habría de pasar. Ellos querían que viniera la Ira Divina, pero no sabían cuán severa sería.

Era obvio que era la hora del castigo porque la Ley Divina actuaba así. Los que insistían en no creer en Dios serían aniquilados, aunque fueran ricos y poderosos.

Todo el mundo comenzó a esperar aquello que sucedería. En unos días una terrible sequía cubrió toda la Tierra. No llovía ni una gota del cielo. Los rayos abrasadores del Sol añadieron más calor a la temperatura de las arenas del desierto. Hacía mucho calor, como si el Sol fuera una bola de fuego, que todo lo derretía. Al ver la situación las gentes cayeron presas del pánico y fueron a hablar con Hud. Le preguntaron:

— ¿Qué ocurre?

Hud les respondió:

— ¡Es la Ira Divina! Son las señales de un castigo doloroso. Aún no es tarde; suplicad a Dios y os perdonará. Tendrá piedad de vosotros, os enviará lluvias abundantes y os fortalecerá.

Pero ellos se burlaron de él, e insistiendo en su incredulidad, no aceptaron la obediencia a Dios. Pero en caso de que sí hubieran creído en Dios entonces habrían visto que Él tenía misericordia de ellos.

El mismo día Hud, su familia y todos los creyentes abandonaron la ciudad. Llegaron a una duna desde donde podían ver la ciudad. Por última vez miró hacia la ciudad en la que vivían los aditas. Se entristeció mucho y dijo: “¡Pueblo mío! ¡Os he llamado pero no me habéis obedecido!”

Toda la naturaleza se marchitó. Justo en ese momento vino un grupo de nubes que cubrían todo el cielo. La gente, ya con los labios agrietados por la sed, que esperaba las lluvias desde hacía muchos días empezó a gritar de alegría: “¡Son las nubes que nos traen la lluvia! ¡Nuestros dioses nos han salvado!”

Pero eran las nubes del castigo doloroso que esperaban una señal de la Ira Divina, ¿cómo podían saberlo ellos? De repente cambió el aire. Hacía un frío gélido en lugar del calor de días pasados. Corría un viento que hacía un ruido terrible y provocaba que todo el mundo temblara hasta la médula, todas las criaturas temblaban; las plantas, los seres humanos… La tempestad seguía sin cesar. Las noches más frías seguían a otras aún más, los días más temibles se sucedían. La gente estaba muy asustada y se escondía en las tiendas pero eso no servía de nada. El fuerte viento desmontó las tiendas. Entonces se escondieron bajo las lonas pero el viento las hizo volar. Ya no había ningún refugio para ellos. No había ningún refugio de la Ira Divina. El viento desgarraba sus vestidos, su piel y sus cuerpos. Mataba a cualquier ser vivo, destrozaba sus corazones y los arrastraba. La tempestad azotó el lugar siete días y siete noches. La humanidad no había sido testigo de una catástrofe tan horrible nunca antes.

A la mañana del octavo día… Dios mandó que la tempestad cesara. De repente todo el mundo enmudeció. Cuando los primeros rayos de sol cayeron sobre la ciudad había un silencio absoluto. No había ningún ser vivo, toda la ciudad había quedado en ruinas. En la plaza solamente había unos troncos de palmera que volaban al viento, estaban totalmente huecos y solamente quedaban las cortezas. Hud y los creyentes fueron salvados por la misericordia de Dios… Pero no quedó nada de los incrédulos insolentes.

[1] Ahqaf en árabe significa “duna”, dunas de arena en el desierto.