EL PROFETA JOB

EL PROFETA JOB
Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas
La vida es indiscutiblemente una cadena de pruebas. Y para los humanos las pruebas empiezan desde la infancia. Los seres humanos se hacen puros, llegan a su origen, maduran y llegan a ser muy fuertes para enfrentarse con situaciones difíciles. Sería imposible distinguir el oro del carbón, si no existieran las pruebas.

La vehemencia de la prueba es directamente proporcional a la grandeza de la persona. Las pruebas más difíciles son las de los profetas. Dios había puesto a prueba a Job[1] con una enfermedad muy grave.

Job era un siervo muy recto. Dios deseó ponerlo a prueba con su familia, sus bienes y su cuerpo. Sí, en una época era un hombre muy rico y respetable; pero después perdió toda su riqueza y se quedó en la miseria más absoluta. Poco después perdió a su familia y se quedó solo. Además tenía una enfermedad muy grave y sufría mucho. Pero a pesar de todo Job nunca se rebeló ni dejó de rezar, al contrario, siempre tuvo paciencia y se acercó más a Dios.

La riqueza tiene sus responsabilidades y dificultades. Job superó la prueba soportándolas. Ahora era la hora de la prueba de la pobreza. Y también la aprobó con el permiso de Dios. Tenía una familia grande y eran muy felices, algo que también tenía sus dificultades; pero Job las superó. Ahora estaba solo y pasaría el examen de soledad.

Hubo una época en que tenía un cuerpo sano. Y Dios lo había puesto a prueba con eso. Él siempre estuvo agradecido por las bendiciones. Incluso cuando la enfermedad le cubrió todo el cuerpo siguió dándole gracias a Dios y tuvo paciencia. Así que también lo superó. Él se había dirigido a Dios. No se curaba su enfermedad, la pobreza era insoportable y la deslealtad de la gente le dolía mucho. Tenía sólo tres amigos: la enfermedad, la pobreza y soledad. Pero él había producido unos alternativos: la paciencia, el agradecimiento y la oración…

Un día el demonio se le apareció y le dijo:

— ¡Oh Job! La única razón de todos los dolores que sufres soy yo. Si un día dejas de agradecerle a Dios, créeme que vas a curarte de tu enfermedad, rebélate y deja la paciencia… es inútil tener paciencia.

Job le echó del cuarto gritándole:

— Lárgate de aquí y no te me aparezcas nunca más. No voy a renunciar a la paciencia, el agradecimiento ni las oraciones aunque sea sólo por un instante.

El demonio salió desesperado del cuarto. Job estaba furioso. ¿Cómo se podía atrever el diablo a pedirle tal cosa? Esta vez el demonio fue a ver a la esposa del profeta. Ella era una mujer fiel; no había abandonado a su marido después de que perdiera sus bienes y se pusiera enfermo. Pero al fin y al cabo ella también era un ser humano y todos tenían sus momentos débiles. El diablo habló con ella, la tentó haciéndola desesperar y la mujer por un momento pensó que el diablo tenía razón. Aquel día la mujer le dijo a su marido:

— ¿Hasta cuándo Dios te va a torturar de esta manera? Perdiste tus bienes, a tu familia y tu salud. ¿Por qué no le pides a Dios que te cure de esta enfermedad?

Job, el héroe de la paciencia, se puso furioso al escuchar esas palabras de su mujer y le dijo:

— ¿Cuántos años vivimos en abundancia?

— Ochenta años.

— ¿Y cuántos años vivimos en miseria y con enfermedad?

— Siete años.

— He vivido ochenta años en abundancia y siete años en miseria. Así que me da vergüenza pedirle a Dios que me salve de esa situación. Te falta la fe y confianza en el destino. Cuando me recupere, juro que te voy a dar cien azotes.

Una noche, cuando todo el mundo estaba durmiendo, salió de su casa y subió a las montañas.

Iba a tener paciencia con la enfermedad aunque se empeorara. Pero un día las heridas empezaron a impedirle hacer las plegarias y entonces Job se dirigió a Dios y le dijo:

— ¡Señor mío! La enfermedad se ha interpuesto entre Tú y yo. ¡Qué aflicción tan grande es no poder decir Tu nombre! ¡Dios Mío! Tú eres el Dueño de la Misericordia Eterna. Protégeme de las cosas que me van a alejar de Ti.

Job mientras rezaba, estaba llorando. De repente se oyó una voz que rompió el silencio de la noche. Le decía a Job:

— Golpea el suelo con tu pie… ahí tendrás agua fresca para lavarte y para beber.

El Profeta de la Paciencia dio un golpe al suelo con su talón… de repente surgió agua de la tierra, fresca, pura y clara. Tenía un sabor muy agradable y era imposible saciarse. Job por un lado bebía del agua y por el otro se lavaba el cuerpo. Al cabo de muy poco tiempo vio que las heridas se curaban y volvió a sentirse vivo como antes. También le había bajado la fiebre el agua bendita que le había curado las enfermedades.

Muy pronto recuperó a su familia. La Misericordia Divina los había hecho regresar; el Profeta de la Paciencia ya no estaba solo.

Job había jurado que cuando sanara le daría cien azotes a su mujer. Pero Dios sabía que él no quería hacer eso en realidad. Al sanar, Dios le inspiró en la idea de coger cien ramas, hacer un haz y darle un sólo golpe con ellas, aliviándolo a él de su juramento y a ella del castigo.

Dios, para recompensar la paciencia de Job, lo elogia en el Corán con las frases siguientes: “Es verdad que lo hallamos paciente. ¡Qué excelente siervo! Él se dirigía continuamente a su Señor”.

El Corán lo describe con la palabra “evvab” que significa “el que se dirige mucho a Dios con paciencia y letanías”. La paciencia de Job le había hecho aprobar la prueba. Después de aquel día todos los enfermos se acordaron de su paciencia y de sus súplicas.

El Profeta de la Paciencia nos enseñó qué fuerza tan grande es la paciencia en su estado puro. Y también nos demostró que las enfermedades espirituales son peores que las del cuerpo. Ya que las enfermedades corporales nos dañan en este mundo pero las del espíritu nos harán daño en la otra vida. La medicina de las enfermedades espirituales es siempre recordar a Dios y obedecerle…

[1] n el Corán es nombrado como “Eyyub”.