EL PROFETA NOÉ

EL PROFETA NOÉ
Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas
Habían pasado muchos años tras la muerte de Adán. Antes del nacimiento de Noé[1], vivieron cinco personas rectas y honradas en el mundo: Wudd, Suwa’a, Yaghuz, Ya’uq y Nasr. Cuando ellos murieron la gente construyó sus estatuas para recordarles.

Las generaciones se siguieron las unas a las otras. Murieron los progenitores, siguiéndoles sus descendientes. Pero éstos olvidaron por qué sus padres habían construido las estatuas. Iblis, el demonio, aprovechó esta oportunidad y les engañó. Logró convencerles de que estas figuras eran unos dioses. La gente empezó a adorar estos falsos ídolos.

Cuando se inició esta idolatría todo lo que había en el mundo empalideció. Toda la belleza se extinguió y la creación perdió su verdadero significado. La maldad empezó a gobernar el mundo; la vida se convirtió en un verdadero infierno insoportable.

Tras el olvido de Dios y la adoración de las estatuas, la situación sólo podía ser esta. Los falsos dioses podían ser una escultura de roca, un vellocino de oro o incluso un hombre de carne y hueso. Dios envió a Noé a la humanidad en este contexto para que les recordara el mensaje de Dios y les guiara por el camino recto.

Noé no era un rey ni un soldado de alta graduación, ni tampoco una persona adinerada de su sociedad, sino el más honrado de su tiempo, ya que la grandeza no se mide por la situación económica ni el estrato social. La verdadera grandeza es la tranquilidad espiritual, tener la conciencia limpia y los hermosos pensamientos sublimes que adornan el espíritu humano.

Noé tenía una cualidad más que le hacía ser un gran hombre: siempre veneraba a Dios… Al acostarse y al despertarse, al comer y al beber, al vestirse, al entrar en casa y al salir… Siempre recordaba los beneficios eternos de Dios y Le daba gracias por ellos. Para apreciar dicha cualidad, Dios hablaría de Noé a su último Mensajero Muhammad (que Dios le bendiga y le salve) en el Sagrado Corán del siguiente modo: “Él fue un auténtico siervo agradecido a Dios”.

Dios eligió a Noé, que era un siervo agradecido. Noé, en cuanto pudo hablar con los suyos les dirigió estas palabras: “Obedeced y venerad a Dios que es el Único. No hay otro señor más que Dios. Si no abandonáis a vuestros dioses, me temo que os alcanzará un castigo doloroso”.

Noé advirtió a su pueblo día y noche acerca de que Dios era el Único Creador. Dijo que ya era hora de librarse de las malas artes de Iblis. Les contó la importancia con la cual Dios dotó a los humanos… Cómo los había salvado de las tinieblas y les había otorgado beneficios eternos, les sugirió usar la razón en el camino recto… Les hizo recordar que la idolatría era análoga a encarcelar y ahogar la razón.

La gente le escuchó en silencio. Noé influyó en gran medida en sus cerebros entorpecidos.

Imaginad a un hombre durmiendo junto a una pared que está a punto de derrumbarse y alguien que pasaba por allí corre para salvarle de la catástrofe que va a ocurrir en unos minutos, le sacude por el hombro, entonces se despierta de repente asustado pero no ve la pared que se va a derribar hacia él y se enoja con el hombre que quiere salvarle… Este hombre de buena voluntad es Noé y el que no se percata de que está siendo salvado es su pueblo.

La maldad que campaba a sus anchas por el mundo oía estas palabras y las temía. Las palabras de amor de Noé destronaban el odio de Iblis. Hubo diferentes reacciones ante el mensaje de Noé. Sus palabras ayudaban a los pobres, a las víctimas, a los desamparados; resolvían sus problemas y curaban sus heridas abiertas. Solamente estos grupos aceptaron a Noé.

Pero los poderosos, los que explotaban a su pueblo, los gobernantes crueles sospechaban de Noé. No les agradaban sus palabras. No querían que él impidiera la táctica que extorsionaba y perjudicaba al pueblo. Por eso lucharon contra Noé. Lo indicaron así: “Dices que eres un profeta pero eres un hombre como nosotros, no existe ninguna diferencia entre nosotros”.

Noé no decía sino esto. Sí, era un hombre, un ser humano. Dios elegía a sus Mensajeros de entre los humanos porque eran ellos quienes vivían sobre la faz de la Tierra. Si vivieran ángeles en el mundo, Dios escogería un mensajero de entre los ángeles. Entonces, ¿podrían los humanos actuar como los profetas si ellos fueran ángeles? Un ángel no come, no bebe ni duerme. ¡Cómo podrían vivir entonces como un ángel!

Dios elegía a sus Mensajeros de entre los seres humanos. El Mensajero vivía como un hombre más: comía, bebía, trabajaba y descansaba, paseaba por las calles e iba al mercado. Pero siempre llevaba el Amor Divino en el corazón. Tan sólo tiene un problema: la obediencia de la humanidad hacia Dios. El mayor disgusto para ellos sería que las personas se alejaran de Dios. También se alegra cuando un ser humano es musulmán. Los Profetas son las estrellas del horizonte del espíritu humano. Son como los ángeles del mundo.

La lucha entre Noé y los incrédulos seguía de modo insistente. Señalaron éstos últimos:

— Como ves, no te creen sino los pobres y los vagabundos del pueblo.

Noé respondió:

— Ellos creen que Dios existe y es el Único, así tienen una categoría superior a los demás.

Entonces intentaron acordar un trato:

— Dices que eres un Profeta y quieres que te creamos, entonces tienes que expulsar de aquí a los pobres, los miserables y los vagabundos. Somos los señores del pueblo y somos superiores a los demás, nuestra riqueza nos otorga poder. Es imposible que estemos juntos en el mismo camino

Noé escuchó largo y tendido a los que no le creían. Pero no se enojó con ellos y habló con tranquilidad. ¿Cómo podía rechazar a los creyentes sólo porque eran pobres, débiles y miserables? Ellos eran criaturas invitadas en la casa de Dios, que era un océano de misericordia. Él tiene piedad con quien quiere y nadie puede intervenir en Sus actos. La discusión verbal siguió horas y horas. Noé refutó las ideas que defendían los incrédulos: no pudieron decir nada más que fuera razonable. Entonces empezaron a insultar y amenazar a Noé, diciéndole:

— Eres un loco, dices tontería y estupideces.

Noé les respondió de manera educada:

— ¡Pueblo mío! No soy un loco ni digo tonterías. Soy el Mensajero de Dios que es el Señor del Universo. Mi misión es llamaros al recto camino, haceros recordar lo que habéis olvidado y aconsejaros el bien. Más aún, sé por intervención de Dios lo que vosotros no sabéis.

Noé los llamó durante meses, años… noche y día. En público y en privado, a veces más dulcemente y otras no tanto. Su objetivo era despertar sus cerebros entorpecidos e iluminar los corazones aletargados. Les mostró los fantásticos milagros del Cielo y la Tierra: la Luna, el Sol, las estrellas, los ríos y los mares. Contó que todo el Universo estaba lleno de las luces de los milagros divinos y eternos.

Noé era muy persuasivo, tenía el don de la palabra. Lograba convencer a todo aquel al que se dirigía. Los incrédulos no podían responderle porque decía la verdad. De todos modos, no querían obedecer a Dios y por eso empezaron a evitarlo para no encontrarse con él en cualquier lugar.

Cuando Noé les llamaba al recto camino hacían oídos sordos a sus palabras. No creyeron, ni tampoco querían creer.

Transcurrieron novecientos cincuenta años pero no cambió nada. No aumentó el número de los creyentes. Aunque la situación entristecía a Noé, siempre estaba lleno de esperanza. Llamó a su pueblo al recto camino sin cesar y ellos se obstinaron en no aceptarlo, fueron altivos e insolentes.

Noé estaba triste pero no desesperado puesto que un corazón creyente nunca cae en la desesperación. Habían pasado novecientos cincuenta años de su vida —quizás la vida humana era muy larga en la época anterior del Diluvio Universal o era un beneficio otorgado tan sólo a Noé— y no desistía en su intento.

Por fin, Dios reveló a Noé que creerían los que ya creían y nadie más de su pueblo se uniría a ellos y que no se afligiera por eso. Entonces Noé abrió las manos y pidió a Dios: “¡No dejes a ningún infiel vivo en la Tierra!”

Dios respondió al rezo de su Mensajero y le mandó construir una gran embarcación: el Arca de Noé (nombre establecido por la tradición judeocristiana en castellano). Noé plantó árboles para emplearlos en la construcción de la nave. Pasaron los años, cortó los árboles y los convirtió en traviesas y listones. Empezó a construir la nave. La construcción duró muchos años debido a su inmenso tamaño. Por fin, después de mucho tiempo, terminó de construirla, tenía una eslora y una manga de enormes dimensiones y un puntal con una altura de tres cubiertas. En la primera cubierta Noé colocó a los animales, a los humanos en la segunda cubierta y a las aves en la tercera. Había una puerta con un revestimiento en una banda de la nave. Noé construyó la embarcación tal y como le había inspirado Dios.

Toda la Tierra estaba árida a causa de la sequía; pasaron los años pero no llovía. Se secaron las fuentes y los ríos. Lo que es más, no había un mar próximo.

Cuando los incrédulos se aproximaban al bosque veían que Noé construía la nave y se burlaban de él:

— ¿Vas a hacer navegar el barco en las secas rocas? ¡Eres un loco! — decían y se echaban a reír.

Finalmente, la construcción del barco llegó a su fin y un día, de repente, del horno en la casa de Noé empezó a salir agua. Era el comienzo del Diluvio. Noé embarcó a una pareja de ambos sexos de cada especie animal: un león y una leona, un elefante y una elefanta, etc. Noé había construido jaulas para guardar a los animales salvajes. Después de cargar a todos los animales, embarcaron él y los creyentes, que eran unos pocos.

A Noé le entristecía especialmente que su propia esposat y su hijo no creyeran en Dios. La única condición para embarcar en la nave era la obediencia. Noé les dijo: “¡Embarcad en la nave! ¡Que navegue y nos lleve a buen puerto en el nombre de Dios!”

Pero, ¿cómo pueden ver los que están en el pantano de la desobediencia la verdad? No embarcaron porque no creyeron en Dios y le dieron la espalda al Gran Salvador. Y el Diluvio comenzó…

Empezó a rebosar agua de todas las grietas de la Tierra y llovía del cielo una cantidad de agua nunca vista hasta entonces. Se inundaba la Tierra y se vaciaban los cielos… Como si hubieran sido perforados. El agua que cubría toda la Tierra empezó a subir de nivel.

Noé llamó a su hijo sintiendo compasión paternal:

— ¡Hijo mío! ¡Sube con nosotros, no estés con los incrédulos!

Solamente los que tenían fe en Dios podían embarcar, por eso, antes de todo, Noé quiso que su hijo obedeciera a Dios. Pero su hijo dijo:

— Me refugiaré en una montaña que me proteja del agua.

Pero en aquel día no había protección para nadie sino para aquellos de los que Dios tenga piedad. Aquel fue el día del tormento… Es el día en el que llovió el enfado de los Cielos y la Tierra para todos los incrédulos.

Más tarde, unas olas enormes se interpusieron entre ambos. El joven intentó protegerse en lo alto de las rocas pero nada podía impedir la cólera de los mares. Una ola tan grande como una montaña golpeó la roca donde estaba el joven y se lo llevo consigo. Nadie podía salvarse excepto aquellos que Dios protegiera. La Ira Divina había empezado.

El agua subía y se convertía en torrentes… Subió y engulló las grandes montañas y cubrió toda la Tierra convirtiéndose en un gran océano con olas como montañas. Los creyentes en la nave empezaron a rezar y pedir la piedad divina.

No quedó nada vivo en la Tierra excepto las criaturas de la nave. Es muy difícil imaginar la grandeza y el horror del Diluvio. Era horrible, una catástrofe increíble que mostraba la Cólera y el Poder Divinos. La embarcación de Noé seguía su rumbo luchando contra olas como montañas.

No sabemos cuánto duró el Diluvio. Un día Dios mandó al cielo que se despejara y a la Tierra que absorbiera el agua. Dispuso que la nave se posara sobre la montaña de Yudi. Noé mandó una paloma para que inspeccionara los alrededores. La paloma regresó llevando en el pico una rama de olivo. Noé comprendió que el Diluvio había terminado y que la Tierra se tranquilizaba.

Sí, había terminado el Diluvio y los días llenos de temor habían quedado atrás. A Noé le entristecía que su hijo no hubiera creído en Dios, lo había perdido. Abrió las manos y suplicó a Dios por su hijo:

— ¡Señor mío, Tú que eres el Grandísimo! Mi hijo era parte de mi familia. Lo que Tú prometes es verdad y eres el Soberano de los soberanos.

Dios había prometido proteger a la familia de Noé. Su hijo era de su familia también. Dios dijo:

— ¡Noé! Él no pertenecía a tu familia y sus actos no eran rectos. No creyó en Dios. Prefirió estar en las tinieblas de la desobediencia.

Sí, su hijo no podía pertenecer a su familia porque rechazó creer en Dios. Para pertenecer a su familia no eran suficientes los lazos de sangre, su hijo tenía que tener una relación de fe con su padre. La verdadera familia de Noé eran los creyentes.

Noé se arrepintió de sus expresiones y pensó que se había equivocado. Lloró, suplicó y pidió perdón días y días. Dios le perdonó y tuvo piedad de él.

Después, le mandó descargar todo lo que había en la nave. Noé dejó a los pájaros y el resto de animales en libertad. Desembarcó y se postró. La Tierra todavía estaba mojada. Tras el rezo, decidió construir una mezquita en la tierra y sin perder tiempo empezó a trabajar. Sería la primera mezquita en el mundo tras el Diluvio. Encendió el fuego y se sentaron todos alrededor del fuego. Estaba prohibido encender fuego en la nave porque una llama podía quemar toda la nave. Hacía varios días que nadie comía caliente. Prepararon comidas sobre el fuego, comieron, conversaron y se divirtieron.

Ya no temían. Hablaban en voz alta. Las sonrisas se convertían enrisas que iluminaban los rostros. Pero, no mucho antes, cuando estaban en la embarcación se callaban y guardaban horas del silencio más absoluto, un silencio sepulcral. La Majestad Divina durante el Diluvio les había enmudecido pero ahora tenían caras iluminadas. Así empezó una nueva vida en el mundo…

Corrieron los años… y un día Noé sintió que moriría muy pronto. Reunió a todos sus hijos y les dijo:

— ¡No abandonéis la obediencia a Dios!

[1] En el Corán es nombrado como “Nuh”.