EL PROFETA SUAYB

EL PROFETA SUAYB
Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas
“¡Pueblo mío! ¡Servid a Dios! ¡No tenéis ninguna otra deidad que no sea Dios! ¡Él es el Único Señor de la Tierra y de los Cielos! ¡Él es vuestro Creador, el que os ha dado la vida!”

En las calles de la ciudad de Madián, hacían eco las palabras del Profeta Suayb[1]. Suayb era descendiente del gran Profeta Abraham.

Un profeta es un guía, un médico enviado por Dios para que cure las enfermedades espirituales de la humanidad. Las enfermedades espirituales son diferentes: en algunas naciones es servir a Satanás, olvidar la devoción a Dios, la búsqueda del placer mundano o perderse en los oscuros valles del ego.

Suayb era el Profeta de la ciudad de Madián. La ciudad se parecía al paraíso terrenal y era como una exposición de las Bellezas Divinas, con bosques verdes, ríos, corrientes y pájaros cantores. Todas las criaturas de la naturaleza, los ruiseñores, las flores y las frutas eran pruebas de la existencia de Dios, el Creador, pero los Madianitas apenas podían verlos; era como si sus corazones estuvieran muertos, sus mentes no funcionaban. No sentían ningún remordimiento de conciencia.

El Profeta Suayb estaba dirigiendo palabras a la gente en la plaza mayor de la ciudad de Madián:

— ¡No hay más deidad que Dios Único! ¡Abandonad la adoración a los ídolos!

La gente sintió el eco de las palabras de Suayb en sus almas como un terremoto. Adoraban a un árbol, Al-Aikah. Creían que todas las bellezas eran los beneficios de ese árbol. Creían en la naturaleza y en algunos poderes naturales como si fueran dioses. Cuando el Profeta Suayb terminó de hablar, la gente estaba pensando en aquellas palabras que oían por primera vez.

Los dichos del Profeta Suayb se extendieron por toda la ciudad y algunos de los madianitas se inclinaron por creerlo. Pero los dignatarios del pueblo y los gobernantes no pudieron aceptarlo porque sus palabras podían echarles del trono.

Después de unos días, el Profeta Suayb proclamaba de nuevo en los foros de las ciudades:

— ¡Pueblo mío! Dios os ha dado muchísimos beneficios ¡No engañéis en la medida ni en el peso! ¡No seáis estafadores! ¡Que vuestra ganancia sea obtenida en una manera permitida por Dios! ¡Temed a Dios!

Los madianitas eran muy ricos pero sin embargo, eran tramposos. Por ejemplo, al vender los productos, un sastre solía medir las telas más cortas, un frutero solía pesar las frutas o las verduras de manera fraudulenta, algunos solían vender sus productos más caros que lo que sus precios normales marcaban. Los clientes solían robar los productos de las tiendas también. En resumen, la fraudulencia y el robo eran muy populares en toda la ciudad.

La gente abusaba de los derechos de los otros públicamente. Sus riquezas aumentaban injustamente. La gente de la ciudad de Madián practicaba actos deshonestos que estaban prohibidos por Dios.

Los dignatarios de la sociedad no consideraron importantes las palabras del Profeta Suayb. Se burlaron de él. Un día, intentaron despreciarle ante la gente:

— ¡Suayb! No entendemos tus palabras. Hablas de cosas extrañas. ¿De dónde procedes? Quieres que dejemos de creer en la creencia de nuestros padres y creamos en Dios, el Único. No lo habíamos oído antes. Además, dices que eres el Mensajero de Dios pero eres un hombre como nosotros. ¿Dios te ha enviado entre nosotros como Su Mensajero?

No podían comprender. Es obvio que el Mensajero de Dios tenía que ser un hombre como ellos. Si fuera un ángel, ¿cómo podrían vivir como él? Un ángel no come, no bebe ni duerme. Sin embargo un Profeta era uno de ellos. Vivía como ellos pero tenía virtudes que los demás no tenían. Era como un ángel en la Tierra.

Suayb les dijo:

— ¡Pueblo mío! ¡Cómo podéis cometer actos depravados! ¡Temed a Dios! Arrepentíos de vuestros actos injustos y pedid que Dios os perdone! ¡Mi Señor es el más Compasivo!

El Profeta trató en vano de convencerles. Las almas de los madianitas estaban encarceladas en las oscuras mazmorras del ego. Solamente un grupo de pobres e indigentes creyeron en Dios. Cuando los dignatarios de la ciudad comprendieron la gravedad del caso, empezaron a torturar a los creyentes. Además, empezaron a ir a los lugares en los que el Profeta dirigía mensajes a la gente e intentaban impedir que la gente le escuchara.

Es la estrategia de los poderes oscuros. En primer lugar, se burlan de la verdad. Si eso no funciona, empiezan a amenazar. Por último, recurren a la violencia.

El Profeta Suayb era valiente. Se entristecía porque la gente no aceptaba sus palabras y le despreciaba. Los habitantes de la ciudad iban encaminándose directamente al infierno poco a poco. Quería que vieran la verdad y comprendieran que la obediencia en Dios era el verdadero paraíso.

Cuando el Profeta Suayb realizaba las oraciones plácidamente, los ángeles sentían una gran admiración por su obediencia. En Suayb se podían adivinar las señales del conocimiento de Dios. Por las noches, veneraba a Dios y durante el día llamaba la gente al recto camino.

Las ideas del Profeta Suayb se extendían por toda la ciudad y entonces, los poderosos de la sociedad decidieron solucionar el problema de raíz. Suayb intentaba convencerles para que creyeran en Dios diciendo:

— ¡Pueblo mío! ¡Obedeced a Dios! ¡No abuséis de los derechos de la gente! ¡No adoréis a los ídolos! ¡Rogad el perdón a Vuestro Señor! ¡Él es Misericordioso!

Se burlaron de él y dijeron:

— ¡Suayb! ¿Acaso te ordena tu religión que dejemos lo que nuestros padres servían o que dejemos de utilizar libremente nuestra hacienda? Podemos hacer con nuestro dinero lo que queramos. Además, ¡si tú y tus seguidores no pasaís a ser de los nuestros os echaremos de la ciudad!

El Profeta Suayb les respondió tranquilamente:

— ¡Pueblo mío! ¡Soy un Mensajero veraz y una prueba clara de haber sido enviado por Dios! ¡Temed a Dios y obedecedme! ¡Temo que seréis castigados por la Ira Divina! Entonces, no podré hacer nada por vosotros.

- ¡Suayb! Si tu familia no fuera tan grande, te echaríamos de la ciudad o te mataríamos— dijeron los incrédulos.

El Profeta Suayb era uno de entre los madianitas y tenía una familia muy grande. Respondió a los incrédulos que habían olvidado que el Único poder en el Universo era el de Dios:

— ¡Pueblo mío! ¿Os impresiona mi familia más que Dios, pues no Le teméis a Él? ¡Él es Todopoderoso! ¡Si os alcanza el castigo de Dios, no podréis salvaros!

Entonces los incrédulos se enfadaron y le dijeron:

— ¡Eres un mentiroso! ¡No queremos que estés aquí! ¡Te mataremos a ti y a los tuyos! ¡Si eres un profeta, haz lo que dices! ¡Esperamos que caiga el castigo de tu Señor! ¡No te creemos! ¡Hoy es tu último día para ti y los tuyos! ¡Abandona la ciudad o te mataremos!

El Profeta Suayb hizo todo lo que estuvo en sus manos. Eran las últimas palabras de los incrédulos. Le tocaba el turno de hablar. Las últimas palabras del Profeta resonaron en las calles de la ciudad de Madián:

— ¡Pueblo mío! ¡Os advertí que abandonarais vuestros errores pero no me escuchasteis! ¿Os olvidasteis del Diluvio de Noé? ¿Os olvidasteis de los tamudeos que habían matado al camello de Salih? ¿No recordáis el castigo que había alcanzado a los aditas y al pueblo del Profeta Lot? ¡Pueblo mío! ¡Esperad el castigo que os alcanzará dentro de siete días!

Un momento después, apareció un grupo de personas en las calles de la ciudad. Eran el Profeta Suayb y sus creyentes. Los incrédulos les miraban victoriosos como si les hubieran vencido. Según ellos, habían vencido al Profeta Suayb. Al salir de la ciudad, el Profeta Suayb miró hacia la ciudad de Madián desde la cima de una duna y dijo:

— ¡Pueblo mío! ¡Os lo he advertido pero no me habéis obedecido!

Tras la ida de Suayb y sus creyentes, acaeció una sequía en toda la ciudad. Hacía un calor infernal. Todas las fuentes de agua se secaron. Después de unos días, el Sol secó todos los árboles y los jardines. La gente se retorcía de padecimiento debido a la sed. Los labios se agrietaban. Tenían problemas respiratorios agudos. “¿El Profeta Suayb decía la verdad? Si hubieran creído, ¿Dios les habría perdonado?” se preguntaban constantemente. Pero la ceguera espiritual, la insistencia y la vanidad les impidieron aceptar la verdad. Algunos intentaron huir de la ciudad pero no lo lograron. Se confundieron en los caminos y las murallas de la ciudad les impidieron salir.

El séptimo día, apareció una nube negra y enorme en el horizonte. Pensaron que era una nube de lluvia. La gente gritaba de alegría:

— ¡Va a llover! ¡Va a llover! ¡Nos salvamos!

Toda la gente se puso en camino para recibir la nube. Todos los habitantes de la ciudad corrían hacia la lluvia, la lluvia también.

Hacía un rato que la nube cubría el cielo. El cielo estaba totalmente negro. La gente esperaba las gotas de lluvia con manos y bocas abiertas.

Y comenzó a llover… En forma de ascuas de fuego. Estaba tronando… Se escuchó un grito desde el cielo… Cuando empezó a llover fuego, fueron presas del pánico e intentaron a huir pero no lo lograron porque lo que caía aplastaba los cuerpos de los habitantes. Los golpes de las rocas de fuego desprendían las cabezas y los brazos de los cuerpos. Gritaban “¡Huid!”, pero ese día no había huida ni salvación posible de la Ira Divina. Dios da oportunidades al remordimiento pero nunca se posterga. Si ellos siguen insistiendo en sus faltas, aunque Dios les haya dado tiempo para el remordimiento, les alcanza un castigo doloroso tal que no pueden salvarse.

Todo el mundo estaba ardiendo. Estaba tronando y las montañas estaban hechas añicos. Las casas quedaron reducidas a escombros. Unos minutos más tarde los habitantes de Madián y Al-Aikah perecieron por completo. Se pasó una página más de la Historia de la humanidad. Los seres humanos no superaron la prueba de nuevo. Obedecieron a Satanás en una nueva ocasión y olvidaron las palabras de Dios que había dicho a Adán: “Yo enviaré Mensajeros a los humanos para que les guíen. ¡Si ellos les siguen y les obedecen, tendrán salvación! ¡Si obedecen a Satanás, se quemarán en el infierno!”

Mientras el Profeta Suayb pensaba en estos versículos, una lágrima caía en su rostro por su pueblo que fue castigado y siguió caminando, hacia otro lugar, un país desconocido de la Tierra…
[1] En la tradición judeo-cristiana es conocido como “Jetro”.