LOS PROFETAS JACOB Y JOSÉ

LOS PROFETAS JACOB Y JOSÉ
Escrito por Nevzat Savas. Publicado en Los Profetas
El Profeta Jacob no había olvidado el sueño de José. Los sueños de los Profetas son veraces. Dios enseñó a José el futuro en su sueño. Jacob sabía que José estaba vivo. Pero no podía hacer nada más que enseñar a la humanidad a tener paciencia ante la ausencia de un hijo.

El Profeta José[1] era el niño más hermoso y maravilloso del Mundo. Eran doce hermanos. Su padre era el Profeta Jacob[2], hijo del Profeta Isaac. El Profeta Jacob quería a su hijo José más que a los otros. Era muy guapo, tenía una conciencia limpia y era muy decente. Pero por tal motivo sus hermanos lo envidiaban, porque era el más amado de su padre. Un día convocaron una reunión conspiradora y decidieron acabar con él. Mientras sus hermanos hacían el plan, José estaba durmiendo. Soñaba que el Sol, la Luna y once estrellas se postraban ante él. Al despertarse, fue a hablar con su padre. Habló de su sueño y Jacob, como era un Profeta, conocía la interpretación de los sueños. Según él, el Sol y la Luna eran Jacob y su esposa, las once estrellas eran los hermanos de José. A los hermanos celosos no les agradó el sueño. El Profeta Jacob también había enseñado algunas ciencias ocultas a sus hijos. Le advirtió a su querido hijo:

— No hables de tu sueño con tus hermanos; si no, se servirán de una artimaña contra ti.

Sus hermanos hicieron el plan. Hablaron con su padre para llevar a cabo su plan:

— ¿Por qué no permites que José venga con nosotros para que paste el ganado? ¿No te fías de nosotros en lo tocante a José? ¡Cuidaremos de él, te lo prometemos! ¡Envíale mañana con nosotros para que juegue y se divierta!

El Profeta Jacob comprendió que pasaba algo malo. Les dijo a ellos:

— Si lo lleváis, su partida me entristecerá mucho. Temo que mientras estéis jugando, un lobo se lo coma.

— ¡Imposible! Somos once personas. ¿Cómo puede acercarse un lobo cuando estemos con él? ¡No te preocupes! Cuidaremos de él, te lo prometemos!

Se lo pidieron con tanta insistencia que el Profeta Jacob les permitió llevarlo con ellos. Se pusieron en camino. Tenían otros propósitos malignos en mente. Querían echarlo al fondo de un pozo y acabar con él para siempre. Arrojaron al pobre José al fondo de un pozo y por la noche, regresaron a casa y llevaron la camisa de José manchada de sangre de un cordero de su padre, el Profeta Jacob preguntó:

— ¿Dónde está mi querido hijo José?

— Mientras estábamos atareados, dejamos a José junto a nuestras cosas. Cuando regresamos, vimos que un lobo se lo había comido. Sabemos que, aunque decimos la verdad, no nos creerás.

El Profeta Jacob miró la camisa de José. La camisa estaba manchada de sangre pero no estaba rota. Dijo a sus hijos:

— ¡Que lobo tan extraño! ¿Cómo pudo comer a José sin tocar su camisa? Vuestros espíritus malignos os han inducido a cometer este delito. Desde ahora debo tener paciencia. ¡Dios es mi Auxiliador ante esta calamidad!

El Profeta Jacob no había olvidado el sueño de José. Los sueños de los Profetas son veraces. Dios enseñó a José el futuro en su sueño. Jacob sabía que José estaba vivo. Pero no podía hacer nada más que enseñar a la humanidad a tener paciencia ante la ausencia de un hijo.

José estaba esperando en el fondo oscuro del pozo. En ese momento, estaba pasando una caravana cerca de allí. El guía de la caravana mandó a sus sirvientes a coger agua del pozo. Cuando los sirvientes colgaron el cubo, José agarró la cuerda del cubo y salió del pozo. Los sirvientes vieron a José y gritaron:

— ¡Que muchacho tan guapo!

¿Qué podía hacer un muchacho tan guapo en el fondo de un pozo? Es obvio que habían intentado acabar con él. Sin embargo, no les importaba lo que le podía haber pasado porque podrían ganar dinero vendiendo al muchacho como esclavo. Lo ocultaron entre sus bienes y se pusieron en marcha, pues iban de camino a Egipto. Cuando se percataron de que era un niño decente, educado y de noble corazón, pensaron que José podría ser un príncipe. Su familia tenía que estar buscándole por lo que tenían que venderlo cuanto antes.

Lo llevaron al mercado de esclavos. En ese momento, el visir del Faraón estaba allí. Admiró la hermosura de José. Cuando el visir preguntó el precio de José, los hombres de la caravana fueron presas del pánico y vendieron el tesoro más valioso del mundo por cuatro escasas monedas de oro. Él tenía una fe incomparable en Dios. Sabía que Dios le protegería de todas las maldades. Él no había olvidado el sueño también.

Todo el mundo estaba fascinado con la belleza de José. A la gente no le agradaba solamente la belleza de su rostro, también su dignidad eran un cúmulo de alabanzas. Tenía una conciencia limpia y al visir le gustaba también. Le dijo a su esposa:

— ¡Cuida de este chico! Quiero criarlo como si fuera nuestro hijo. Quizá nos sea útil en el futuro y lo adoptemos como hijo.

Empezó una nueva vida en el palacio del visir para José. Después de unos años, el señor del palacio comprendió que José era un regalo divino para él. No había visto nunca una persona tan decente, digna de confianza, generosa y valiente. Le concedió las responsabilidades del palacio y le trató como si fuera su hijo.

Pasaron los años. José creció y se hizo un joven maduro. Además, Dios le dio una claridad de juicio especial. Llegar a la madurez se tornaría en nuevas pruebas para José. Dios le enseñaría a todo el mundo las cualidades de un perfecto obediente gracias a su comportamiento. Las pruebas más difíciles eran para los Profetas y al final de las pruebas enseñaron a la humanidad la obediencia verdadera.

Su forma de ser, su carácter eran muy diferentes de los demás. Era tan noble que ningún miembro de las familias egipcias poseía su nobleza. Él era un Profeta, su padre Jacob y su abuelo Isaac también lo fueron. Él era nieto del Gran Profeta Abraham que era el Íntimo Amigo de Dios.

Pero un acontecimiento vendría a empañar la reputación de José. La esposa del visir estaba enamorada de él. Intentó seducirle por todos los medios. El Profeta José era el símbolo de la seguridad; nunca se rindió a las seducciones de la mujer. Se preocupaba por la honra de su señor y por la suya. Empezaron días de pena, días de la salvaguarda de su castidad en el palacio.

Un día, la esposa del visir se acicaló y mandó a José venir a su habitación. José era tan casto que no podía mirarla a su rostro. Actuar erróneamente era lo peor que le podía pasar a José. La mujer cerró todas las puertas y llamó a José para cometer una indecencia. El Profeta José se sobrecogió y dijo:

— ¡Me refugio en Dios que tantos beneficios me ha concedido! Tu marido me ha tratado bien también ¡No puedo traicionar ni a mi Señor ni a tu marido!

La mujer se acercó a José. José se precipitó hacia la puerta. La mujer le desgarró la camisa de José por detrás. Cuando José intentaba abrir la puerta, se encontró al visir y a uno de los íntimos amigos de la familia. José se avergonzó por haber estado allí. Él temblaba y la mujer se ruborizó. Antes de que el visir hablara la mujer le calumnió a José diciendo:

— ¿Cuál es el castigo de alguien que intenta hacer mal a tu mujer, el encarcelamiento o una tortura dolorosa?

Para proteger su castidad José dijo:

— ¡Soy inocente! ¡Me refugio del pecado en Dios!

El hombre que había sido testigo del suceso con el visir dijo:

— Si la camisa de José hubiese sido desgarrada por delante, entonces, ella diría la verdad y él mentiría; mientras que si la camisa ha sido desgarrada por detrás, ella miente y él dice la verdad.

Todos miraron a la camisa de José y vieron que la camisa había sido desgarrada por detrás. Lo declararon inocente. El visir reprendió a su mujer por la situación y le expresó a José que no hablara de esto con nadie. Indicó a todos que se comportasen normalmente como si no hubiese ocurrido nada.

Sin embargo, la noticia se extendió por todos los palacios de los otros visires poco después. Todo el mundo decía que la esposa del visir se había enamorado de un sirviente. Entonces, la esposa del visir ofreció un banquete e invitó a las mujeres de la alta sociedad para mostrarles el sirviente del cuál se había enamorado. Después de comer, como postre les ofreció frutas y un cuchillo para pelarlas.

Al empezar a pelar las manzanas, la mujer llamó a José para que saliera ante los ojos de las mujeres. Cuando José entró en la habitación, todas las mujeres abrieron los ojos como platos, fascinadas. “¡Qué bello era!” exclamaban al unísono. Se cortaron los dedos en lugar de pelar las manzanas. No veían la sangre ni sentían el dolor. Lo que veían solamente era la belleza de José. Estaban hipnotizadas ante su belleza. Una de las invitadas gritó:

— ¡No puede ser un ser humano!

Otra mujer apuntó:

— ¡Sí, puede ser un ángel!

José sintió vergüenza en su decencia y no podía mirar sus caras. La esposa del visir preparaba una intriga más contra él. Las mujeres entendieron todo lo ocurrido cuando la anfitriona les dio pañuelos para que se limpiaran las manos. La mujer del visir dijo:

— Me habíais condenado por estar enamorada de él. ¿Qué os parece?

Todas las mujeres dijeron que tenía razón. Ella siguió hablando:

— Si no hace lo que yo le ordeno, será encarcelado y despreciado.

José veía que estaba rodeado de gente injusta por todas partes. Salió del salón, abrió las manos y pidió:

— ¡Señor mío! ¡Prefiero la cárcel a acceder a la indecencia que ellas me piden!

Empezaba una nueva prueba para el Profeta José. Todo el mundo había oído el suceso. La historia de las mujeres de la alta sociedad se extendió por todo el país y provocó un gran escándalo. Todo el mundo sabía que José era inocente. Los poderosos y los ricos lo encarcelaron para ocultar sus faltas.

El Profeta José era inocente, no conocía la maldad ni la indecencia; sin embargo, alzaban calumnias contra él. Estaba oprimido. No tenía más remedio que tener paciencia y aceptar su destino. En la cárcel, el Profeta José siguió predicando la palabra de Dios porque era tan importante como el agua o el aire lo es para los seres vivos. Él sabía que las oscuras mazmorras se convertían en un paraíso brillante para un alma creyente en Dios.

Poco después, la cárcel se convirtió en una escuela. El Profeta José empezó a hablar de la obediencia a Dios. Hablaba de la compasión divina que rodea a todas las criaturas y de la misericordia eterna de Dios. Hacía una pregunta a los que le escuchaban:

— ¡Amigos míos encarcelados! ¡Pensad! ¿Es razonable creer en muchos dioses o en Dios, el Único, que creó todo lo existente?

Dos jóvenes habían sido encarcelados con él. Uno era el cocinero y el otro era el escanciador del Faraón. Un día, el cocinero dijo que soñó que llevaba un pedazo de pan sobre la cabeza y un grupo de pájaros intentaban comer el pan. El escanciador dijo que soñó que servía vino al Faraón. Los jóvenes pidieron que José les interpretara los sueños.

José empezó a hablar en el nombre de Dios. Aprovechaba todas las oportunidades para predicar la palabra de Dios. Dijo:

— ¡Amigos prisioneros! Abandoné a una sociedad que no creía en Dios y en el día del Juicio Final.

Daba respuestas a sus preguntas antes de que preguntaran. ¿Qué hacía una persona tan buena en la cárcel? José siguió hablando:

— Si hubiera hecho lo que me habían mandado, sería como uno de ellos. Les abandoné a ellos y a su camino. Seguí la religión de mis antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Todas las virtudes que poseo, proceden de la creencia en Dios. Este es un favor que Dios nos hace, a nosotros y a toda la humanidad.

Todos los presos de la cárcel le escuchaban con mucha atención. Sus palabras eran tan suaves y significativas que tenían eco en todos los corazones, como si José fuera un profesor, los encarcelados estudiantes y la cárcel una escuela. El Profeta de buena voluntad siguió diciendo:

— ¡Mis amigos presos! ¿Qué es mejor: la adoración de los ídolos hechos de oro, de plata, de piedra o de cualquier metal u obedecer a Dios que ha adornado todo el Universo con miles de bellezas?

Después, el Profeta José interpretó los sueños de los jóvenes. Le dijo al cocinero que sería colgado y al escanciador que sería puesto en libertad y volvería al palacio de nuevo y añadió:

— Cuando te presentes ante el Faraón, háblale de mí. Dile que soy inocente.

Lo que dijo José se hizo realidad. Ejecutaron al cocinero colgándolo y el escanciador fue declarado inocente y regresó al palacio pero Satanás le había hecho olvidar hablar acerca de José con el Faraón. Por lo tanto, José permaneció unos años más en la cárcel. José pasó esos años sugiriendo el bien, rezando, pensando en las razones ocultas del universo y buscando soluciones a los problemas de la humanidad. En esos años José logró una profundidad diferente en el saber y en la obediencia a Dios.

El Faraón se acostó muy tarde, como siempre hacía. Se acostaba y se despertaba tarde. Esa mañana se despertó asustado, aún no había salido el sol y tenía la tez muy pálida. Había tenido un sueño muy raro. En el sueño, siete vacas gordas pacían en las orillas del Nilo. De repente aparecieron siete vacas flacas y se comieron a las otras. Además, aparecían siete espigas verdes y otras tantas secas.

Le intranquilizó mucho el sueño. Necesitaba saber su interpretación. Ordenó a los adivinos, los magos y los dignatarios que interpretaran el sueño. Ellos dijeron:

— Es un amasijo de sueños. ¡No piense demasiado en esas cosas insólitas!

En ese momento, el escanciador que servía vino al Faraón se acordó de José. Él había interpretado su sueño y sabía lo que pasaría después. Cuando habló de José, el Faraón le mandó a la cárcel a hablar con él. El escanciador dijo:

— ¡José, mi veraz amigo! ¡Acláranos el sueño! Quizá así sepan tu valor y pueda volver aquí con una buena noticia

José respondió así:

— Se vivirán siete años de abundancia en los que la tierra ofrecerá todo lo que tenga a la gente de Egipto. Luego, les sucederán siete años de carestía y sequía que agotarán lo que habían almacenado. Seguirán después tiempos de abundancia otra vez en los que la gente será favorecida. Por eso, los egipcios tienen que ser ahorrativos y previsores en los próximos siete años para que no se encuentren en una situación difícil cuando la escasez llegue.

El mensajero del Faraón regresó al palacio y le contó lo que había dicho José. Al oír la interpretación del sueño el Faraón se puso muy contento y dispuso que dejaran a José libre y lo trajeran a palacio. Pero José no quiso salir de la cárcel antes de probar su inocencia. No quería salir de la cárcel, sin la prueba de su inocencia porque era un Profeta que predicaba la palabra de Dios. Que el pueblo le mirara con malos ojos sería un impedimento para llevar a cabo su misión. Saldría de la carcel con la condición de que todo el mundo creyera que era inocente. Dijo:

— Sin la confirmación de mi inocencia, no saldré de la cárcel. Marchate junto a tu señor y pídele que les pregunte a las mujeres que se habían cortado las manos en mi presencia. Mi Señor sabe que soy inocente y no tengo culpa. Sin embargo, quiero que todo el mundo lo sepa como el Faraón.

Entonces, el Faraón investigó el caso y vio que en verdad era inocente. Lo sacó de la cárcel y lo recibió con respeto. Al hablar con él, comprendió que tenía una inteligencia superior y era muy honrado. Tenía las cualidades de un buen visir. Quiso que fuera su visir y por su parte José quiso ser el visir responsable del tesoro y de los asuntos económicos porque después vendrían los siete años de carestía y solamente un Profeta podría administrar como se debía.

Empezó a almacenar víveres para los años de carestía como resultado de su sabiduría y ciencia. Él sabía lo que pasaría porque Dios se lo mostraba.

Los tiempos de abundancia pasaron y empezaron los años de carestía que afectaron tanto a las tierras de los alrededores como a las de Egipto. Los egipcios pidieron víveres al Faraón y él así lo ordenó a José. Entonces, José empezó a vender las provisiones que había almacenado antes. Así, aumentaron las arcas del Reino.

Un Profeta gobernaba el país. El Faraón había creído en la religión de José, la mayoría de los burócratas también. El Profeta José había enseñado cómo tenía que actuar un ser obediente gracias a sus virtudes. Era un hombre muy admirado porque representaba al Islam con sus palabras y actos.

Las tierras palestinas fueron golpeadas por la sequía también. El Profeta Jacob envió a sus hijos a comprar provisiones en Egipto. Cuando llegaron allí, José les reconoció pero no así sus hermanos.

Ellos eran los que lo habían arrojado al fondo de un pozo. El Profeta José les dio muchos suministros. No quiso nada a cambio de las provisiones. José preguntó cuántos hermanos eran. Dijeron que eran doce hermanos, uno de ellos había desaparecido y el otro se había quedado en casa con su padre. Cuando se dio cuenta de que su hermano más querido no estaba con ellos, dijo que tendrían que traerlo con ellos la próxima vez para que pudieran merecer más provisiones.

El Profeta Jacob era muy viejo. La añoranza y la tristeza por su hijo José en su alma habían esculpido arrugas en su rostro. Ningún hombre puede sentir la añoranza, la tristeza y la angustia como un Profeta porque Dios creó a los Profetas como los más sensibles de la humanidad. La caída de una hoja, la ruptura de una rama de un árbol, les hace llorar con amargura. No se puede comparar el sufrimiento de todas las madres del mundo al perder a uno de sus hijos con el de los Profetas cuando uno de sus seres queridos les deja. La pena de toda la humanidad es como una gota del mar ante la de un Profeta. Una mirada llorosa de un niño, una mirada triste de un huérfano es suficiente para que un Profeta se deshaga en lágrimas

El Profeta Jacob les dijo a sus hijos: “¿Cómo puedo fiarme de vosotros, tras la pérdida de José? ¿Cómo puedo dejarle ir con vosotros?”

Sin embargo, parece que la escasez de comida era insoportable. Jacob les dijo que no lo enviaría con ellos si no le prometían ante Dios traérselo sano y salvo. Se comprometieron y Jacob les dejó ir con Benjamín y les pidió que no entrasen por la misma puerta de la ciudad por donde la gente de Egipto suponía que los visitantes agrupados entrarían, ya que algunos eran de mala voluntad.

Regresaron ante José con su hermano pequeño Benjamín. No estaban enterados del plan del Profeta José. Había echado mucho de menos a su hermano y quería que él se quedara con él. Después de cargar las provisiones sobre los camellos, José mando a sus sirvientes que ocultaran un vaso de plata del Faraón dentro de la alforja de su hermano Benjamín. Justo a la hora de salir la caravana, el pregonero público dijo que habían robado el vaso de plata del Faraón y ninguna de las caravanas podría abandonar la ciudad sin ser cacheadas. Cuando la caravana de los hermanos partió, un subordinado de José les dijo:

— ¡Detened esa caravana! ¡Alto ladrones!

Ellos regresaron y dijeron:

— ¿Qué ocurre, de qué nos acusáis?

Uno de los encargados de José dijo:

— Echamos en falta la copa de plata del Faraón. ¡Ofrezco una recompensa de una carga de camello! ¡Yo respondo por ello!

Los hijos de Jacob dijeron:

— Prometemos por Dios que no estamos aquí para delinquir y no somos ladrones, como sabéis muy bien.

— ¿Y si mentís? ¿Cuál será el castigo?

— Tomad como esclavo al dueño de la alforja donde encontréis lo que estáis buscando.

José mandó que cachearan las alforjas de los otros antes de la de Benjamín. Luego, encontraron la copa del Faraón en la carga de Benjamín.

Dios le enseñó a José una treta para que pudiera retener a su hermano Benjamín, pues no podía retener a su hermano según la ley del Faraón, sino como Dios quisiera. Ellos dijeron:

— Si él ha robado, un hermano suyo ya era un ladrón antes.

José se entristeció al oír esas palabras pero lo guardó en secreto y no lo aclaró. Se dijo: “Los que sí estáis perdidos sois vosotros y el castigo que Dios os impondrá será el justo” y les dijo:

— Entonces, vuestro hermano se quedará aquí como mi esclavo.

Entonces, los hermanos dijeron:

— ¡Señor! ¡Pedimos perdón! Él tiene un padre muy viejo. Si no lo ve entre nosotros al regresar, se pondrá muy triste ¡Retennos a uno de nosotros en su lugar!

José dijo:

- ¡No, es imposible! Detendremos al que robó la copa. El culpable será castigado. Castigar a otro sería una crueldad. ¡Qué Dios nos libre de la crueldad!

Regresaron llorando los hermanos de José a su país. Contaron todo lo que había sucedido y dijeron:

— Si no nos crees, pregúntaselo a la caravana junto a la que estábamos.

El Profeta Jacob les dijo que le habían jugado una mala pasada a Benjamín como habían hecho con José. Su tristeza aumentaba cada día. Empezaron los días de pena para Jacob. Los días y las noches no veían más que sus lágrimas. Tanto lloró que un día se quedó ciego. Llamó a sus hijos y les dijo:

— ¡Id a Egipto y encontrad a José y a Benjamín!

Jacob era un Profeta que podía comprender los secretos ocultos de las cosas. Los sucesos ocurridos después del sueño de José no habían sido una casualidad porque no hay coincidencias en el Universo. La sabiduría divina tejía la vida como un encaje. No hay errores en la creación y todas las criaturas tienen un sentido. El Gran Profeta lo había comprendido gracias a la perspicacia profética.

Los hijos del Profeta Jacob llegaron a Egipto y fueron al palacio de José. Le dijeron:

— ¡Señor! Venimos de las tierras de escasez. Nuestros hijos tienen hambre y no tenemos mucho dinero. Confiamos en su generosidad. Además, rogamos que libere a nuestro hermano para llevárselo a su viejo padre.

José se quedó mirándoles fijamente. Luego, les respondió en la lengua de los hermanos:

— ¿Recordáis lo que hace años vuestra envidia y odio le hicieron a José?

Los hermanos se quedaron mirándole sorprendidos y fue en ese momento cuando reconocieron a su hermano José. Temieron mucho su venganza. Olvidaron que era un Profeta y que los Profetas eran los representantes de la misericordia eterna en la tierra. José les perdonó, les dio su camisa para que se la llevaran a su padre y la aplicaran sobre su rostro. Así, su padre podría ver de nuevo. Además, quiso que trajeran a sus padres a Egipto.

Cuando la caravana donde viajaban sus hijos iba hacia Palestina, el Profeta Jacob dijo a los que estaban a su lado: “¡Juro por Dios que percibo el olor de José!”

Ellos se compadecieron. La tristeza le hacía decir cosas imposibles.

Por fin, la caravana llegó a Palestina. Los portadores de buenas nuevas le trajeron la camisa de José y la aplicaron a su rostro. El Profeta Jacob apretó la camisa contra su pecho. La besó y la olió. En verdad que era el olor de José… El olor de José que no había olvidado. Se deshizo en lágrimas. Lo aplicó a su rostro muchas veces y el milagro se hizo realidad. Dios así lo quiso y Jacob volvía a ver. Se prepararon y se pusieron en camino hacia Egipto. Llegaron allí y toda la familia se postró ante José con mucho respeto.

El sueño de su niñez era realidad ahora. El Sol, la Luna y las once estrellas se habían postrado. José se acordó de toda una vida llena de tristeza y pena. Pensó en los beneficios que le había dado Dios y él también se postró ante Dios.

[1] En el Corán es nombrado como Yusuf.

[2] En el Corán es nombrado como Yakub.